La misión navideña del maragato Matanzo

Por Álvaro Fernández Sutil
SantiagomillasDon Pedro apenas podía masticar la cecina de lo nervioso que estaba. Marta, su mujer, intentaba quitarle importancia al asunto a fin de que comiera algo, pero era imposible.- ¡Vamos Pedro!, le decía, llevas ya muchos años en este ingrato oficio como para que esto te sorprenda. Al fin y al cabo la Reina sólo quiere agradecerte lo que estás haciendo por La Corona, el Banco de San Fernando o los particulares a los que les transportas y proteges sus caudales, sentenciaba la esposa con energía. Ni las palabras tranquilizadoras de Marta atenuaban la excitación que tenía el maragato Pedro García Matanzo en esos momentos.
Corría el invierno del año 1840 d. N. S. cuando Don Santiago Alonso Cordero, más conocido como el maragato Cordero, hombre muy influyente de la Corte, primo y, sin embargo, amigo de Don Pedro, se trasladó de Madrid a Santiago de Millas para llevarle personalmente una carta de la misma reina Isabel II. La soberana le agradecía los servicios que prestaba al pueblo español desde hacía casi veinte años e invitaba al corredor de caudales a una recepción en Palacio, junto con Don Santiago, el día 21 de diciembre D. M; hecho que extrañó a los primos, no en poca medida, por ser fechas tan cercanas a la Navidad.

Las profundas, solitarias y nevadas estepas castellanas y el frío desolador habían hecho del viaje del “maragato Cordero” un autentico via crucis, y este, a las pocas horas de llegar a la capital de la Maragatería cayó enfermo. El inesperado contratiempo suponía que el bueno de Don Pedro tendría que realizar el viaje a Madrid sólo. Hacer un viaje de más de trescientos kilómetros, en invierno y en pleno siglo XIX no era tarea fácil para nadie, aunque es cierto que si alguien estaba acostumbrado y preparado para estos menesteres era el conductor de los caudales del Reino.

Así pues el día 17 de diciembre, cuatro días antes de la cita en Madrid, y antes del amanecer un carro bien provisto salía de la casa situada en la calle Barbadiel del barrio de abajo de Santiago de Millas. Al frente, nuestro maragato Matanzo, con la seguridad del que se sabe importante pero a la vez con la ilusión de un niño que va a recibir su primer juego. Marta le había preparado el carro minuciosamente para que nada le faltara: tres mantas de Val de San Lorenzo regaladas por su primo, dos pares de mudas hechas por el costurero de su padre en Santa Catalina, más víveres de los que él mismo podía comer; cecina, jamón, panceta, tocino, pan y por supuesto vino, tres botas del mejor vino del Bierzo. Poncela y Bastica, sus dos yeguas más capaces, le llevarían a su destino.

Habían transcurrido ya siete horas de viaje y Pedro no conseguía calentarse las manos. En soledad los recuerdos brotaban de una manera casi extenuante. Se acordaba de su padre, Manuel, del que heredó no sólo el oficio y las posesiones sino también la honradez y el amor a la familia. Una y otra vez le contaba a la Martuja, su mujer, las mil misas que tuvo que oír cuando su padre falleció, ya que este las había dejado pedidas y pagadas antes de morir. Pensaba en su madre, María Antonia, con esas manos grandes, blancas y amables capaces de proteger como un ejército entero, y que fue con la que pasó su infancia mientras el progenitor engrandecía la fortuna familiar. Sabía que había tenido mucha suerte con lo que esta vida le había dado; fortuna, poder, inteligencia; pero creía que también hubiera sido feliz con menos.
Reflexionó sobre su tierra, la Maragatería y el gran momento que estaba viviendo. A menudo se preguntaba como sería dentro de cien años. Qué haría de ella el yugo imparable del tiempo. Le preocupaba el ferrocarril. En el fondo sabía que la gran máquina de hierro iba a suponer el fin de una época y el comienzo de otra en la que él ya no sería partícipe. Como buen maragato sus pensamientos sobre costumbres y modos de vida eran de un conservadurismo aplastante, pero sus ideas y convicciones políticas atendían a unos cánones puramente liberales y progresistas. Ese dualismo ideológico era bien conocido en todo el país. Sus entrañas y Santiago, claro, le decían que iba a haber cambios políticos pero Matanzo ya hacía tiempo que se estaba preparando para ello.

Así iba transcurriendo el viaje, entre pensamientos, canturreos y los ardores de estómago, frecuentes en sus salidas, por comer demasiado. También pensaba en su encuentro con la Reina. Estaba acostumbrado a tratarse con gente importante pero esto sin duda lo superaba todo. Reflexionaba sobre lo que podía decir: algo sobrio pero con gracia, sencillo pero a la vez completo, sereno pero con efusividad.

La última parada que Pedro solía hacer antes de llegar a Madrid era en un pueblo llamado Torrecaballeros, localidad segoviana que le traía muy malos recuerdos ya que su padre había fallecido en este lugar a causa de un accidente. Precisamente el maragato Matanzo había de encontrarse en ese punto con un enviado de la Corona que haría de acompañante hasta la llegada a la capital. El emisario, Vicente Morán, y Pedro ya se conocían de anteriores viajes a la Corte, aunque ninguna ocasión como la que ocupa.
El lugar de la cita era la cantina del pueblo, llamada ‘Serramondi’, cuyas ‘papas’ con carne de toro eran bien conocidas por transportistas y vecinos. Cuando el maragato entró en el local observó que había un gran alboroto. El bar, un viejo caserón del siglo XVIII medianamente restaurado para servir de mesón y posada, estaba lleno de gente que comía y discutía, haciendo ambas cosas casi a la vez

Pedro se hizo paso entre la muchedumbre que se agolpaba en las mesas descolocadas hasta que llegó a una pequeña sala que se situaba entre la barra y el comedor trasero. Allí contempló aterrado el cuerpo sin vida de Vicente Morán, el emisario real, que yacía recostado encima de una mesa. El dueño del mesón, un hombre obeso, desaliñado y con cara de pocos amigos, se acercó despacio a Matanzo y le dio una carta con sello real, que decía así:
Su Majestad, la Reina Isabel II de España, tiene a bien comunicar a Don Pedro García Matanzo, Conductor Real, y al Ilustre Señor Don Santiago Alonso Cordero, premiere de la Corte Real, la cancelación de la vista que iba a celebrarse en los salones reales de la Carrera de San Jerónimo, en la Villa de Madrid, el veinte y uno de los corrientes. Asuntos vitales de Estado impiden dicha recepción. Con su pesar y esperando mejor oportunidad se despide SM Isabel II.
Después de algunas horas en la Casa de Justicia las autoridades locales sugirieron a nuestro protagonista volver a la Maragatería cuanto antes y esperar la citación oficial para la investigación del caso. Pedro no entendía nada, su cabeza daba vueltas sin cesar mientras leía una y otra vez la carta real.

Con el lastre emocional de semejante pérdida la vuelta era mucho más dura. Antes de llegar a Medina del Campo, transcurriendo por una senda entre un inmenso pinar, unos bandidos se cruzaron en el camino de García Matanzo. Eran cinco o seis, vestidos de negro con pañuelos blancos que les cubrían casi toda la cara. Le dieron el alto apuntándole con pistolas, Pedro había pasado por experiencias semejantes varias veces y gracias a eso se mantuvo tranquilo en todo momento, aunque con el miedo lógico de quien sabe que puede perder la vida. Uno de ellos se descubrió, era el bandido Gálvez, muy conocido en esa zona, sobre todo por los transportistas y arrieros. Un hombre, decían, con muy pocos escrúpulos, de cara tiznada, mirada dura pero triste y el índice de su mano derecha amputado.
La banda de Gálvez estuvo registrando el carro del maragato en silencio y constancia durante largo tiempo, hasta que desistieron al ver que no encontraban nada. Los forajidos, muy buscados por la región, montaron en sus caballos, y cuando se estaban marchando el famoso pistolero se giró y gritó algo que don Pedro recordaría para siempre: -los maragatos manejáis tanto dinero propio y ajeno que hasta podéis comprar el cielo a la hora de la muerte, sentenció.
                Lo que el bandido Gálvez buscaba en realidad eran pepitas de oro muy valiosas que la Reina, por medio de su enviado, iba a dejar al conductor maragato para que este las llevara a las parroquias de las zonas más pobres del norte de España. Isabel II había mandado un emisario, con una carta igual a la de Pedro, cancelando el encuentro, a cada uno de los otros tres conductores reales que había mandado venir del Sur, Este y Oeste del país. Los pajes debían explicarles a cada uno de ellos que Su Majestad quería que los lugares con más hambruna del reino fueran saciados estas Navidades, y que para ello había incrustado en cada ficticia carta derogando el encuentro cinco pepitas de oro muy valiosas, que pertenecían a los caudales del Gobierno. De ahí la importancia de mantener todo el plan en secreto. Ninguna de esas pepitas llegó finalmente a su destino: al conductor venido del Sur y al del Este les venció la avaricia, al del Oeste le asesinaron unos bandidos y a Pedro, sencillamente, no le llegó la información de la misión a realizar.

El día de Nochebuena en su casa de Santiago de Millas, cerca de la chimenea de la cocina, Pedro leyó la carta, que Vicente Morán no había podido explicarle, a Marta y a Santiago antes de tirarla al fuego. Gálvez no había sido capaz de encontrarla, puesto que Matanzo la había escondido dentro de la herradura de Bastica. El buen maragato nunca se enteró de lo que realmente había sucedido y de lo que escondía ese despacho. Ya no le importaban los reconocimientos, ni las posesiones, ni las ambiciones de grandeza, solo daba gracias por volver a estar en su Maragatería querida, en su casa de Santiago de Millas y con lo que realmente le llenaba: su familia.

Álvaro Fernandez Sutil

Tercer relato ganador del certamen de cuentos de Navidad Astorga 2012

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