Un maragato en el frente

“Batallón de panaderos” Por Emilio Gancedo

ALBERTO EL SOCIO MAS LONGEVO DE LA CULTURALFOTO BRUNO MORENOAtravesaba las calles de Madrid con cestas de 80 kilos de pan a la cabeza y formó compañía de voluntarios con otros pasteleros y churreros para combatir por la República hasta caer herido en Pozuelo.

Si me quieres escribir/ ya sabes mi paradero/ batallón de artes blancas/ primera línea de fuego», cantaba Alberto Cuesta Cabo con sus compañeros por las calles de Madrid, y era aquella una compañía de voluntarios formada por panaderos, pasteleros, lecheros y churreros, soldados de manos enharinadas y caliente corazón, y a veces andaban tan cerca de las líneas enemigas, ellos en el Parque y los franquistas en Ciudad Universitaria, que oían claramente responder: «Sois los hijos de Negrín/ vuestro padre es un cabrón/ que os hace resistir/ con lentejas y arroz».

Alberto Cuesta es un maragato de Santiago Millas a un año de cumplir el siglo, paisano de cabeza despejadísima y envidiable humor, siempre a punto para el palique. Su padre, a quien todos apodaban Cardana, era barbero y regentaba casino, y fue un tamboritero muy grande que incluso en Londres tocó flauta de tres agujeros y tamborín, eso hasta que la llegada de la luz eléctrica acabó con su fama: era encargado de darle paso y como acababa de pasar aquella laguna que quedaba formada en medio del pueblo, traía los pies mojados «y claro, quedó carbonizado», cuenta Alberto, entonces rapaz de 6 años. Su hermano mayor, Alfredo, heredó casino, mote y talento musical, «y con la Sección Femenina recorrió toda Europa», lástima que, camino de Destriana en bicicleta, un remolque del ejército «le diera un trastazo y lo matara».

Sola y con siete hijos, la madre tuvo que ir colocándolos como buenamente pudo. Aunque Alberto mantenía el secreto afán de llegar a ser sastre en Astorga, otro hermano suyo estaba de panadero en el foro y ante la pregunta que le plantearon («tú qué quieres, ¿ser sastre o ir a Madrid?»), no pudo sustraerse al influjo de la capital, donde se presentó con 12 años. En ese punto comenzó su peregrinación por las tahonas madrileñas. En la primera trabajó un año por seis duros, otra le ofrecían ocho y cambiaba, y otra diez, y otra doce, y todo era ir cargado con pan y huevos por las calles y corralas en medio de un enjambre de repartidores («entonces era todo así, a domicilio») y vivía en una pensión donde por primera vez supo lo que era un afeminado, el hijo de la patrona («mamá, el huéspede», avisó la primera vez que Alberto llamó a la puerta), que gastaba tacón medio alto, trabajaba en un cabaret y todos los días iba a buscarle un gachó a casa.

En cuanto estalló la guerra, Alberto, que era de Juventudes Socialistas y ayudaba a distribuir el periódico Claridad entre escaramuzas con la mocedad falangista que hacía lo propio con Renovación, se fue a la Casa del Pueblo y con aquel batallón de mandiles combatió en Carabanchel y en el Parque del Oeste, y oía a su lado los secos impactos de las balas contra el barro, y en Pozuelo le entraron cascos de metralla en la pierna y el pecho. «Cuando me di cuenta estaba en el Hospital», recuerda, pero a los 20 días se sintió mejor y marchó sin decir nada a nadie. «¡Hombre, Cuesta, te creíamos muerto!», le dijo el capitán en cuanto lo vio, y le pidió el alta, por eso el maragato tuvo que volver a por ella y descubrir así que había quedado con lesión cardiaca a resultas de la herida. Inútil para la batalla, lo mandaron de mayordomo a una tahona de Tetuán, pero de ahí marcharon todos a escape, a otra del cerro La Cabaña, porque «caían los obuses muy cerca».

Acabada la guerra y recién casado, su mujer Poli le quemó todos los carnés temerosa; Alberto no porque «no había hecho mal a nadie» y en verdad los sustos no acabaron ahí: dos meses más tarde se presentó su hermano, que había estado dos meses en un campo de concentración valenciano al haber sido comisario político y quien las pasó canutas en el trabajo («tiene usted aquí a un rojo», le chivaron al jefe), eso hasta que le tocó un Gordo de treinta mil pesetas y puso fábrica de gaseosas con un socio mudo en Ciudad Lineal. A Alberto también le denunció el primer jefe que tuvo, vinieron a buscarle dos falangistas y entre ellos marchaba; se salvó porque de casualidad salió de un bar un cliente suyo que también conocía a los de azul. «Hay que tener amistades en todas partes». Tras un intento frustrado en Zaragoza, en 1941 cogió de traspaso una panadería en la carretera de Zamora de la capital leonesa y desde entonces, además de presidir Dispán y seguir a la Cultu con pasión, ha visto crecer a una hija, dos nietos y tres bisnietos. ¿Consejo para llegar a estas edades? «Trabajar mucho… y comer mucho. Yo desayunaba seis huevos fritos, un filete y un tazón de café. Y después, un bollo mojado en cazalla».

nacencia

Santiago Millas, 1915

la guerra

«Aquello fue criminal. Veía las balas entrar en el barro, a mi lado»

el consejo

«Hay que trabajar mucho y comer mucho»

Diario de León 23/XII/2013

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