El viaje mágico de González-Alegre por la Somoza

Alegre5Publican el olvidado pero revelador libro en el que poeta berciano retrata la Somoza y parte de Maragatería

Es como adentrarse en otro mundo. Como recorrer parajes remotos o como darse un paseo imposible por los caminos de la Edad Media. Pero sucedió hace menos de cincuenta años y en nuestra propia tierra. Son los viajes que a finales de los años sesenta emprendió el poeta berciano Ramón González-Alegre a través de dos antiguas Somozas leonesas, la berciana, por encima de Villafranca, y la maragata, ambas tierras duras, de pizarra y techos de paja, habitadas por un paisanaje mágico y hoy impensable. Volcó después el autor villafranquino sus encuentros e impresiones en un libro —inédito todos estos años— pleno de realismo y de imágenes de enorme sugestividad que hasta el momento ha sido injustamente olvidado y que ahora acaban de recuperar el Instituto de Estudios Bercianos y el Centro de Estudios Astorganos Marcelo Macías con el apoyo del ILC: El Bierzo y la Maragatería.

Responsable del prólogo inicial es probablemente el mejor conocedor de la vida y legado de Ramón González-Alegre Bálgoma (Villafranca del Bierzo, 1919–Vigo, 1968), el historiador Vicente Fernández Vázquez, inigualable guía para adentrarse en la inquieta personalidad de este autor poliédrico. Fernández nos retrata al personaje: «Fue, en palabras de Gerardo Diego, ‘uno de los mejores prosistas españoles’ de la posguerra. Un escritor que cuando escribe prosa, brilla por su lirismo, y que cuando escribe teatro, es poesía con acción… de ahí que podamos decir que su mayor dimensión literaria la alcanza como poeta».

Antonio Pereira dijo de su poesía que era «fruto de la tensión dramática en el hombre que la escribe», y Vicente Risco, que se trataba de un poeta «incontenible, un poeta audaz, lanzado, que obedece sin temor al soplo del momento». De esta manera, el investigador y profesor resume su labor recordando que «cantó mejor que nadie a su tierra berciana y al mismo tiempo fue el dinamizador de la literatura gallega de la posguerra a través de su revista Alba. De hecho, es el primer poeta que practica en Galicia un verso social con el poema Diante do final, que firmó bajo el seudónimo de Fernando Burbia Valcárcel».

Nacido en ‘la pequeña Compostela’, su familia se trasladó a La Coruña siendo él un niño de pocos años; también vivió en Villagarcía de Arosa y Santiago, donde se licenció en Derecho. Tras impartir clase en Madrid, se instalaría definitivamente en la ciudad de Vigo en 1949.

Respecto al viaje por las Somozas, explica Fernández Váquez que los cinco últimos años de su vida «fueron sin duda los más difíciles, tanto por su enfermedad como por las frustraciones editoriales y literarias que sufrió; de dudas (ante su obra, ante sí mismo, ante la muerte cercana, ante Dios); años de soportar largos y profundos olvidos hacia su persona y hacia su obra, especialmente en Galicia. Años de cansancio y hastío, años, en fin, en los que, como reconocía su amigo Ramón de Garcíasol, los vientos de la muerte impulsaban sus acelerones, apresuramientos, inquietudes, tanteos y fantasías; él mismo confesaba tener plena conciencia ‘de haber vivido los más amargos momentos que puede vivir un literato en un medio hostil’. Y en estas circunstancias, como buscando una respuesta a la pregunta que se hizo aquel día en las cercanías de Paradaseca y que dejó anotada en su cuaderno de campo (‘¿por qué sigo prisionero?’), quiso abandonar el lirismo y acercarse a la palpitante realidad que le ofrecían el paisaje y el paisanaje de estos montes».

Así pues, esa cruda realidad; junto a la publicación, unos años antes, de Ramón Carnicer sobre la Cabrera —ambos libros guardan deliciosos paralelismos—, «el que tan cerca de Villafranca, apenas a una docena de kilómetros, existieran otras verdaderas Hurdes de las que nadie hablaba, quizás fueron los motivos que le impulsaron a realizar esta nueva y última obra. Pero en esta ocasión quiso escribir un libro de viajes exento de lirismo y pleno de un brutal realismo, un libro sobre una tierra que conocía muy bien».

El hecho de que la obra no se llegase a publicar en su momento, «y sobre todo el que Ramón, a causa de su enfermedad y prematura muerte, no llegase a terminarlo, explican el nulo eco que ha tenido hasta la fecha, así como el interés del IEB en su edición, aunque ambos viajes hayan quedado incompletos», recuerda Vicente Fernández.

De este libro ahora por fin recuperado, y al margen «de su estilo fluido», destaca el autor del prólogo, tanto por lo que respecta al Bierzo como a la Maragatería, «el arduo y complejo trabajo de búsqueda de inmación que llevó a cabo Ramón González-Alegre sobre estas comarcas; el ofrecernos una imagen realista de ambas y alejada de los falsos tópicos; el acercarnos a una época que si bien puede parecer lejana en el tempo, sin embargo son muchos los que en la actualidad la han conocido y conocen».

Y así, la lectura de El Bierzo y la Maragatería le parece a Vicente Fernández «imprescindible para acercarnos a una visón más realista del Bierzo, al menos de algunas de sus subcomarcas, que la que generalmente se ha ofrecido y se sigue ofreciendo. Una realidad marcada por el abandono de las administraciones, por la miseria de sus gentes, por la emigración que amenaza por despoblar a sus pueblo,… Una realidad, en el caso del Bierzo, que para percatarse de ella no había que acudir a la lejana Cabrera, como hizo el otro gran Ramón berciano, Carnicer, ya que se encontraba sólo a una docena de kilómetros de la que en su día fue la capital del Bierzo».

Se trata, así pues, «de un libro que no sólo se complace con las descripciones del paisaje y de los caseríos, con sus teitos de paja o sus muros de cuarcita, sino que penetra en el carácter de sus gentes, en las causas que están transformando un modo de vida tradicional que se les está yendo a sus habitantes de entre las manos… sin que la mayoría sea conscientes de ello».

Son particularmente significativas sus descripciones del paisanaje, esas gentes aquejadas de enfermedades, desnutrición o enanismo pero a la vez depositarias de un imaginario a medio camino entre lo legendario y lo superviviente que las hacía únicas: «El encuentro con Leonino, vecino de Paradaseca, es impresionante, pero no menos que los que tienen lugar con otros personajes que salen a su encuentro, como el pescador del Burbia, en los que el autor relata con gran maestría el vivir de estas gentes, o el problema de la emigración, única salida a su situación vital». «Respecto al encuentro con el cura de Paradaseca —reflexiona su biógrafo sobre otro pasaje clave del libro—, nos ofrece una visión de la religiosidad vivida por el cura y por el propio Ramón, una religiosidad, como él mismo señaló en algunas de sus obras teatrales, que tiene ‘una motivación preocupantemente social. En absoluto ñoña y en absoluto en pacto con el demonio del estado preconciliar’, obras en las que, como ocurre en las piezas recogidas en Teatro galego, «se fustiga hasta el escarnio aquello que hiere y lastima la conducta social del hombre».

Repertorio fotográfico

Un valor añadido del libro, al margen del literario, reside en el extraordinario repertorio fotográfico que incluye, formado por imágenes tomadas tanto en la localidad berciana de Paradaseca como en varios pueblos maragatos. «Unas del propio escritor y otras cuyos autores son sus amigos villafranquinos Ramón Cela y Alejo Sandes. Impresionan los caseríos maragatos, ya muy despoblados a causa de la emigración, con esa arquitectura popular que tan bien se ha sabido conservar en su caso».

Paradaseca ofrecía en esos años (1967 y 1968), uno de los conjuntos etnográficos más importantes de España, con sus hórreos y sus 31 pallozas, casas de palla como las llama Ramón, un ejemplo espectacular y único en todo el país. «Pallozas en las que vivían 30 familias, o sea el 37 % de sus habitantes. Un patrimonio que se ha perdido —denuncia Vicente Fernández—, no por culpa de sus habitantes sino sencillamente por el olvido y desamparo de todas las administraciones: locales, provinciales y nacionales, que no supieron salvaguardar un patrimonio tan vivo, único, auténtico e interesantísimo».

Sobre el resto de la variada y de alta calidad producción literaria de Ramón González-Alegre, reseña el prologuista que en prosa cultivó el cuento (obra aún inédita), el ensayo (Poesía gallega contemporánea. Ensayo sobre literatura gallega, 1954, entre otros), la novela (La cabeza, inédita), la literatura de viajes (El libro de los andares, 1963, Por entre el arpa y la saudade, 1965), numerosos relatos de diferentes temas y difícil clasificación, reportajes periodísticos (más de un centenar), también fue editor de incunables, crítico literario… «Pero Moncho cultivó, ante todo, la poesía: al margen de la abundante obra inédita que dejó, llegó a publicar ocho poemarios, entre los que destaco Clamor de la Tierra-Poemas del Bierzo (1950), Raíces de las horas (1951), Poemas del ser (1954), Os namoros (1961), Poemas del pavor y la piedad (1963) y Ágape de Dios (1964)».

Y tras la poesía, su otra gran pasión, el teatro lírico, del que publicó Teatro galego (1968, escrito en fala berciana), Noticias de Indias, Xandra y Retablo del mocito barbero, más otras siete que no llegaron a ver la luz. «Se trata de obras breves en las que experimenta nuevas formas literarias y teatrales».

El suyo fue un estilo sobrio, que no abusaba de las palabras ni de las figuras poéticas innecesarias. Como le dijo su amigo Gabriel Celaya en 1958: «¡Está uno tan cansado de faramallas!, pienso en esos poetas sudamericanos verborreicos que amontonan imágenes cuando no solo palabras. En cambio, tú, y esto es lo bueno, sólo dices lo justo. Lo preciso».

«Ramón nació para escribir, sacrificó todo a su vocación literaria: su vida profesional como abogado, el mayor bienestar de su propia familia… Fue un poeta, un hombre que escribía, según sus mismas palabras ‘acosado por la urgencia, por el quejido creciente de la sangre’, y cuyo corazón vivía ‘en un clamor constante, en un murmullo, en un quejido, en una enfermedad, sístole y diástole debatiéndose, empapado de golpes oscuros, roto en su armadura, mojado en la tierra’, y que solamente con la literatura y especialmente con poesía se sentía pleno y libre».

Y concluye su principal investigador que la búsqueda «de la calidad formal, el humanismo, la revalorización del sentimiento, el redescubrimiento de lo religioso y el vitalismo y la intimidad siempre estuvieron presentes entre sus principales motivaciones».

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