Croniquillas santiagomillesas del XIX

Esteban Carro Celada

Rescatamos algunos fragmentos muy sabrosos que a nivel menor nos darán cuenta de muchas de las rencillas y rivalidades a las que acostumbramos los humanos. Han sido extraídos del opúsculo ‘Croniquilla menor de maragatería’ publicado en Astorga en el año de 1974.img_7360

Les quiero contar alguna cosilla de Santiagomillas en el últi­mo tercio del siglo XIX. Comienzo por el mismo año en que muere su figura más representativa y estelar de todas las épocas: San­tiago Alonso Cordero. Por ese mismo tiempo llega a Astorga el fe­rrocarril. Santiago de Millas es un pueblo con dos barrios, atibo­rrado de gente con iniciativa. Suelen vivir en Madrid. Unos, di­plomáticos. Y entonces se les dirige cartas a Atenas. Otros diri­gen explotaciones mineras y altos hornos y entonces viven en Sa­bero. Los que no, disponen de buena renta de machos y siguen re­corriendo España en competencia con el ferrocarril. De haber exis­tido entonces el camión, los santiagomilleses habrían obtenido carné de primera y se habrían convertido en camioneros. Otros, grandes terratenientes. Algunos, como Tomás Alonso, se va a Cu­ba y allí muere. Sobre todo en este mes de octubre de 1865 muere en Madrid y en olor de cólera y muchedumbre, el maragato Cor­dero. Había sido alcalde de Madrid. Era por entonces presidente de la Diputación. Murió del cólera morbo, como mártir entre re­ligioso y progresista, entre… Bueno. Falleció en Madrid. Ese mis­mo año, el quince de junio, Santiago de Millas había estrenado un pendón de ocho lienzos, hermosote, perteneciente a la Cofradía del Corpus. Era la fiesta de este Jueves; cuando lo sacaron, el vien­to de la campana María y de las Pascualejas astorganas, bien ba­tidas, le hicieron ondear junto a la iglesia románica. El cura iba en procesión con alba nueva que había regalado—toda rizada— la misma María Francisca García, de Cordero. Allí estuvo Santia­go. No se podía suponer que sería ésta la última vez que asistiría al Corpus. Al del año siguiente vislumbraría desde la otra ribera de Aldebarán o la Osa Mayor.

 La vidriera del Carmen. El intento de robo 

Lo que puedo contar ahora son, sobre todo, cosas relacionadas con la Iglesia de Santiago de Millas. Por ejemplo, ya muerto Cor­dero, María Antonia Rodríguez—es el año 1867—regala una vidrie­ra para la Virgen del Carmen que costó lo menos 2.040 reales. Eso fue el miércoles santo porque el día de Pascua de Resurrección, después de la Misa, la Virgen del Rosario salió con ropillas nuevas que era gloria verla en la mañanica primaveral como tocada de magdalenas, margaritas y salomés entre dos luces. Y la misma Virgen de los Remedios, que está en el barrio de Abajo, en la er­mita de San Miguel, se benefició de otras ropas. En la de la Vera-Cruz, donde ahora está el reloj público de Santiago de Millas, Pe­dro García Matanzo, que era uno de los conductores de caudales de Cordero, mandó retocar la Virgen de las Nieves. Aunque real­mente fue su mujer doña Marta Franco la que removió el asunto. Y doña Marta de García Matanzo, al año siguiente, también por el Corpus, que cayó el 11 de junio, regaló una hermosa corona.

 —Vestían a la Virgen como una pacata modelo; y a Cristo, co­mo un playboy del sufrimiento. 

El 17 de julio de 1870, es decir una semana antes de la fiesta sacramental de Santiago, cuando ya vivaqueaban los ricos vera­neantes de las familias Alonso Cordero, Franco Alonso, etc., etc., hubo un intento de robo en la iglesia parroquial. Los ladrones, ‘sacrílegos’ se les llama, astillaron la puerta y casi lograron co­rrer el pestillo y a punto estuvieron de descubrir la cerradura, tras la aplicación de seis barrenos.

 La iglesia está en solitario. Parece que no lograron la eficacia de la faena gracias a los chirridos de un carromato que desde Betanzos descargaría en Palanquinos.

Reunido el concejo, al día siguiente, se votó la compra de tres piezas de negrillo, una tabla de roble y dos chapas de hierro; con este refuerzo la puerta siguió guardando su soledad. Se volvió a colocar la piedra, de casi cinco cuartas, que habían socavado en el hastial.

Cosas del Alcaldico

Cósicas de pueblo. No andan bien el barrio de Abajo y el barrio de Arriba. Más cerca del de Arriba está la Iglesia parroquial. Pues bien, en 1868, ocurre un incidente tibio, pero que nos revela nimiedades de otras épocas, interesantes para conocimien­to de cómo actúan los hombres. Año de gran sequía. Cuando al fin llueve se presentan, en casa del párroco, Matías Alonso Mayor y María Franco de Blas Franco. A él le llaman los vecinos ‘alcaldico’. Ha empuñado la vara y es pequeñajo.

 —Señor cura, quiero una novena a la Virgen de los Remedios en la Iglesia de San Miguel por el barrio de Abajo.

 —¡Que haya novena!

 Y comenzó. El último día debía coincidir con el 17 de mayo. El cura, por su cuenta, pensó que para que fuera más solemne, esa mañana habría que organizar una procesión que discurriera del barrio de Arriba para el de Abajo, y vuelta al de Arriba.

Irían cantando el Rosario. La fecha antes, la anunció el coad­jutor en San Miguel. Inmediatamente se puso el barrio de Abajo en hormigueo, conmovido:

—¿Qué se habrán creído estos curas que hacemos la novena para que se luzcan los del barrio de Arriba?

 En la iglesia hubo ‘contestación’. Varios gritaron: ¡No se hará! No se hará. Quien estuvo presente piensa y escribe de esta manera sobre el incidente: “algunos ebrios de entendimiento, que hay no pocos en el barrio de Abajo, se alborotaron”.

 Subió ‘Alcaldico’ a charlar con el cura párroco:

 —Ya no pago ni el octavo ni el noveno día de la novena. Es un insulto el que nos lleve una procesión desde un barrio al otro. ¿Es que quieren colonizarnos?

 Y no hubo procesión de la novena hasta el barrio de Abajo. La novena la terminó el cura, por su cuenta y dinero, en la er­mita de la Vera Cruz; y el rosario se cantó desde la iglesia romá­nica del cerro a la del reloj.

 Ah. Por si acaso, hay que advertir que el primer ramo que de­ben cantar las mozas, el día de Corpus, es el del Mayordomo. Y luego los que sea, por orden de petición de licencia al párroco.

Pedro Alonso Roldán había hecho la ofrenda de pesarse y dar la calderilla correspondiente a su peso. En vez de eso, el 4 de mayo de 1874, regaló un crucifijo de altar mayor, unos candelabros de metal blanco, arco de flores y unas gradillas. A esto se llama conmutación de la promesa.untitled

Toca blanca de muselina. Excesos de Nochebuena

Por estos días es párroco del pueblo Pedro Piñal. Se paga y le presta al preste comprar orondos bonetes nuevos para sí pro­pio y su coadjutor. Si esto lo hace en 1875, al año siguiente manda pintar las andas del Rosario. Le compra una toca blanca y hasta colonia para que, en la procesión del Corpus, vaya perfu­mada como buena dama de una sociedad maragata.

A María Francisco Alonso, esposa de Pedro Alonso Roldán, se le da muy bien eso de las rifas. Y hace una en beneficio del Santo Cristo de la Vera Cruz, el que está en medio del pueblo. El 5 de agosto de 1977 puede comprar dos candeleros de metal. A los pocos días, el juez de la cofradía —es 27 de agosto por las fiestas de Astorga—, regala al Cristo de las Ánimas un faldón y una manga o toalla que paseará en septiembre. Dos devotas costean frontal de madera y su pintura. Cuando no alcanza el dinero de quienes ocultan su nombre, lo costea Pedro Alonso Roldán o Piñal.

Francisco Pérez Rodríguez, del barrio de Abajo, puso puertas de madera al cementerio y arregló la escalera de la torre, mien­tras Francisco Rodríguez Rodríguez regala dos dalmáticas ne­gras para los autos exequiales. Por si faltaba dinero don Pedro Piñal puso, a su vez, tejadillo en la torre.

Porque hubo excesos por Nochebuena y la gente estaba exci­tada —se bebía, se comía; habían vuelto, unánimes, los arrieros hasta pasado el San Esteban— este año de 1878 no celebra la misa de gallo, “sin perjuicio de que habiendo enmienda en los excesos siga para otro año”.

Al 13 de abril del año siguiente:

—La toca blanca de muselina es una preciosidad.

—Como que la regaló, para la Virgen del Rosario, Micaela Franco. Desde este año se pueden ver, en la capilla, dos cuadros: uno de San Blas y otro de San Fernando.

—¿En qué capilla?

 —En la de la Vera Cruz.

 Su Santiago Matamoros 

En el año 80, la Virgen del Rosario se encontró con que tenía impresionante guardarropa: la viuda de Santiago Alonso Cordero le trae de Madrid un manto. Esteban Alonso Franco, un vestido. Y la mujer de Manuel Alonso, alias Cayetano, le ofrece, otro. Por pascua del 81 se compra un pendón de cinco lienzos. Colabora la cofradía, el Ayuntamiento y se venden cirios del retablo. Para el tres de mayo, el Santo Cristo está dotado de otra toalla rizada que añade a su guardarropa. Una noticia sobre la ‘Monja’: ’Do­ña Amalia Alonso García’, viuda de Rodríguez... mandó de Valladolid una cortina de seda, bordada por sus hijas Eltelvina y Car­men, y también una sabanilla para el Altar Mayor. Don Pedro Piñal continúa comprando cosinas como los evangelistas, velas del Carmen y lazos para el frontal. Y el Jesús Nazareno se recubre con una túnica de seda de Damasco que le costó a Pedro Matanzo Rodríguez unos 250 reales.

Novedad tenemos. Santiago de Millas tiene que vivir a gusto con un santiagomatamoros. Y es Francisco Pérez Rodríguez quien lo coloca en la ermita de San Miguel por el año 82: “Santiago de a caballo con sus dos moros en la peana”.

 ¿No son los de Abajo tan de Santiago de Millas como los de Arriba? ¡A ver qué vida! No se pueden privar de un Santiago; y para que sea más popular, será matamoros.

En traje de peregrino 

Los del barrio de Arriba no pueden quedarse, mano sobre ma­no, y Pedro Matanzo compró otra imagen de Santiago, esta vez en traje de peregrino. Costó 150 reales menos que el de Abajo, porque, vamos, el otro con morillos y caballejo, tenía más comple­jidad. Los del barrio de Arriba le pintaron las andas y ¡nada de esperar a la fiesta de Santiago! Este nuevo santiaguiño, ¡con éste van tres!, se paseó por el barrio de Arriba el 6 de mayo de 1883. Doña Marta fue muy felicitada por las demás damas maragatas del barrio de Arriba. Aquí como en el otro había doñas y tías, “tis” y dones.

 Blas Rodríguez era cura nativo del pueblo que ejercía sus funciones clericales fuera. Este año quiso que la fiesta religiosa fuera más rumbosa que otras veces. Y se gastó la intemerata o la tira como dicen ahora. La fiesta la hacían en su casa familiar. Pedro Alonso Rodríguez portó el cetro de mayordomo. Don Blas se gastó los cuartos. Oigan esta enumeración de regalos concentrados en este solo día festivo de julio: casulla entre blanca y encamada —un poco anfibia para que tenga más uso— con su estola, maní­pulo, paño del cáliz, caja de corporal, amito, cíngulo, una banda, un misal, dos ramos para el Carmen. Se levantó el espartero sobre las acacias.untitled

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 “Que me aten del estrinque del carro” 

Y ahora con algo curioso que nos revela en buena parte el pen­samiento de cierta parte de santiagomilleses del último tercio de siglo. El suceso ocurrió, el día de San Juan Degollado de 1883. Mu­rió un determinado sujeto del pueblo. El difunto había dicho y propalado que cuando las diñase y estuviese listo para el fiambre que a él lo que convenía era que le atasen del estrinque del carro y lo llevasen así al cementerio.

 —Es un blasfemo —pensaban muchos.

 No pisaba la iglesia. Y la opinión que de él tenían, como de su consuegro y de sus hijos, es que eran antirreligiosos y que nunca se les cayó la iglesia encima de su cabeza.

Acudieron al entierro las cofradías como era preceptivo, no se pararon en ningún momento para responsear. Cantó el cura dos responsos: ante la casa del difunto y ante la puerta de la iglesia. Los cofrades se negaron a hacer las posas en los sitios de costum­bre donde se hacen las paradas. Ni a requerimiento del cura que se mostraba enojado y sudaba la gota gorda bajo el bonete ense­bado. El féretro sobre sus andas seguiría adelante.

El cura quería hacer sus posas. Algún cofrade también; pero se presentó delante Manuel Franco Alonso, antiguo zagal de mulas de la empresa maragata “Diligencias del Poniente” y se reafir­mó en que no. Y hubo que hacerle caso, porque Manuel había ve­nido huido de Ultramar durante 20 años, bastante rufián y ahora convertido en “alcalde del pueblo con bastón y borlas”, se empe­ñó en acelerar el entierro.

—Lo manda el Alcalde; no se hagan posas para los responsos. Quiero demasiado bien al difunto como para pretender hacerle más desgraciado en el infierno.

 El cura se doblegó. Muchos santiagomilleses habían comentado en el velorio de la noche pasada: “los que se condenan como éste que quiso que lo llevaran al cementerio en el estrinque del carro, se les aumenta la pena si reciben oraciones de los vivos”.

—Pues a no rezar por él, que ya tiene bastante para sí. Fuera responsos y gorigoris y misereres de las posas y calderilla de ora­ción. A Pedro Botero.

Y se quedó el cura, sin responsos; y el muerto (en el folio 116 del libro de defunciones), igual. “No cumplía con pascua”, dicen… 

Los once pies de olivos 

Pedro Piñal estaba en todo. Veía cómo, desde hacía cientos de años, había que gastar dinero en Astorga, el martes antes del Do­mingo de Ramos.

—Unos reales de ramos para el domingo en palmas y a lomo de borriquillo. Lo mejor será plantar olivos junto a la iglesia.

En febrero de 1888 se plantaron once pies de olivos con raíces, en hoyos que se abrieron en septiembre, y que costaron ocho jor­nales.

—Uno de los olivos se plantó con estacas. “Si prenden, algún día serán útiles a la Iglesia”.

Prendieron y forman parte de este paisaje maragato de San­tiago de Millas, como su ábside románico, el crucero, la fuente, los abrevaderos de recuas, el cementerio y sus graves y hondas campanadas al vórtice de la carretera en vértice. Y los poros del páramo.

El 5 junio del 89 se cierra la ermita de Arriba, la de la Vera Cruz, por orden del Gobernador Civil. Se pretexta estar ‘ruinosa’. No se la toca hasta dos años más tarde. Y está clausurada desde ese 5 de junio hasta el 17 de setiembre de 1891 en que comienzan las obras de restauración. Los del Barrio de Arriba contribuyen, por suscripción, con más de 1500 reales; el regalo de palos del plantel; los arrastres, gratis. Y hasta doscientos reales más de los fondos de reserva. El arquitecto anunciaba que necesitaba carpontes nuevos y se los pusieron. Se retejó; desde entonces tuvo tabla de pino y el cura pudo, en esta ermita en medio del barrio de Arriba, entrar en una nueva sacristía. Los retablos se pintaron y la ermita quedó encalada. Un mes más tarde estaba ya abierta al culto, en el cogollo del pueblo entre dos lagunas.

 El ramo de las mozas de 1890

 La Virgen del Rosario continúa teniendo un ropero de primera categoría; como de Capitana General: nuevo vestido en 89, cuan­do se estrena otro estandarte por el Corpus. El día de la Purísima hay candeleros provenientes del producto de dos rifas: una, de ramo con pastas, mantecadas y naranjas y pastelillos; y la otra, de un cuadro.

 Sabemos que se venden mortajas en el Santo y que las madri­nas pagan derechos de alba. Con este dinerillo se adquieren abun­dantes purificadores, paños de lavatorio, juegos de corporales, al­bas de lienzo con encaje, y otras de hilo.

 Las mozas de 1890 —ya han muerto todas— vendieron rifas y ramos en la Natividad de septiembre. Así pudieron colocar a la Vir­gen en el Altar Mayor en la misma anda “del Santísimo para lo cual fue hecha”. Es decir que la adaptaron. ¿Qué otra cosa se pue­de hacer con los 40 reales de los dos ramos? Cuatro reales más sacaron con otros dos ramos, en 1891. Y así fue posible que, el día de Pascua, la Virgen del Rosario tuviera manto negro de veludillo con adornos. Otra María Francisca García, la de Tirso Rodríguez, prendió una capa sobre el San Roque, el del pan y llaga a su pe­rrillo.

 El caso es que los del barrio de Abajo se pusieron febriles. Ha­bía que hacer algo. Los de Arriba tenían la parroquial y la Vera Cruz. Y un párroco. Ellos un coadjutor y San Miguel de Abajo. Con 72 duros se arregló: carpintería, retejo, blanqueo.

El bueno de don Pedro Piñal, durante este tiempo puso de su bolsillo, en re­galos para la parroquia, sus buenos dinerillos. También se ufana de que unos 15.000 reales de vellón son donativos del pueblo sin contar los 17.200 reales para el alumbrado de los dos reservados: uno en cada barrio. Cuatro arrobas de cera por año calcula él por cada iglesia.

El ramo de la torre 

Ese apartamiento que necesitamos para situar las cosas a distancia se nos obscurece. El detalle ya, al fin como cansado, se nutre de menos costumbrismo. Los del barrio de Abajo estrenan en la Vir­gen de Agosto unos capotes dalmática, por suscripción promovi­da por el coadjutor Salvador Sanjuán.

Ya es año 1901. Al siguien­te se coloca el ramo en la torre. Al otro, las Trinitarias de Madrid retejen una hermosa casulla. En 1905 se tabla la iglesia. Lo prac­tica Pedro Luengo con una cuadrilla de obreros. Un año antes se hace la sacristía de San Miguel y se compra una campana para el barrio de Abajo. El alcalde Cayetano Fernández Alonso, que es­tuvo en Cuba, manda levantar el cementerio civil. El bueno de don Pedro Piñal dice que lo anota “para que no se cargue a otro con el mochuelo”.

 Nostalgia final que se da la mano con el principio 

Santiagomillas está hoy, a unos kilómetros de Astorga, todo él a la izquierda, excepto la iglesia a la derecha y en lo alto como un viril en tabernáculo y, según dicen algunos, su torre se divisa desde la muralla de Astorga. Ahora aquellas 1.200 personas que la habitaban, en el último tercio de siglo, se han reblandecido en número ridículo. Hay nobles casas de arrieros que se llenan de veraneantes por el verano. Suena en cada barrio su reloj. En el de Arriba, más metido en la hondonada, la ermita de la Vera Cruz pastorea con su torrecilla temporal. En el cerro, la parro­quial con sus campanas, cementerio, olivos, contemplando capri­chosas chimeneas, un poco huérfana de reatas de mulos, de ber­linas de los Cordero y Franco. Y la casa empapelada, con su reloj de sombra. Y en el barrio de Abajo la torrecilla del reloj sobre la costanilla de los pinos, apenas crecedizos y, pasada la vaguada,la ermita de San Miguel. Grandes corrales de huerta de sequedal, de sol clavado andan por este cementerio de soledad, lleno de grandes paredes con sus cornijales, sus exactas arcadas de medio punto. Los arrieros llegaron y se fueron de nuevo. Porque lo suyo es estar de camino. Y dejar huérfana la piedra y la nacencia. Co­mo ahora Santiagomillas, antes más prosopopéyica con el puente de una preposición entre sus orillas —Santiago de Millas—, ensan­chada y compuesta. El siglo XIX concentró su momento de má­ximo esplendor; pero no en el último tercio de siglo que hemos repasado, sino precisamente en los dos anteriores. Quizá en el se­gundo. De este siglo que dio a los Alonso Cordero, conductores rea­les de caudales, postilloneros, arrieros, zagales, mayorales, capi­talistas, diplomáticos. Llegó el tren de la muerte y el tren de hierro. Y la Maragatería se deshizo en este humo de nostalgia que ahora firmo.

 Fuente: Astorgaredacción

 

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