El país de las mujeres

CONCHA ESPINAPor Ernesto Escapa

HACE CIEN AÑOS, LA ESCRITORA CONCHA ESPINA FUE ACOGIDA EN ASTORGA POR SU HERMANA MAYOR PARA SUPERAR UN BACHE DE DESALIENTO. DE AQUELLA ESTANCIA SURGE ‘LA ESFINGE MARAGATA’, NOVELA QUE SITÚA EN CASTRILLO DE LOS POLVAZARES EL SACRIFICIO.

En la novela, Castrillo es Valdecruces. Allí regresa Mariflor, educada lejos, para redimir el infortunio de la familia Salvadores. Sus parientes esperan que acepte casarse con un primo rico para saldar las deudas. Pero se ha enamorado en el tren de vuelta de un compañero de viaje. Al final, como su príncipe no se decide, acepta el arreglo y renuncia a la felicidad, cercenada por un matrimonio de conveniencia. En Astorga, Concha Espina conoció al pintor Demetrio Monteserín, replegado con todos sus sueños desde la Costa Azul, que le desveló los secretos de la Maragatería. Con una posición malograda por el infortunio familiar, huérfana adolescente, casada infeliz y madre solitaria de muchos hijos, Concha Espina cultivó una novela edificante y propensa al folletín, coleccionó reconocimientos y traducciones a más de una docena de idiomas, y fue candidata al Nobel y a la Academia antes de consumirse en tributos declinantes de novelería gazmoña.

EL CÁLIZ DE LA LIBERTAD

Aunque no llegó a sentarse en la Academia, ningún autor recibió tantos premios de la docta casa como ella. Su biógrafo Rafael Cansinos-Asséns recoge el runrún de la época, que atribuía esa prodigalidad a los caprichos de Ricardo León. «La autora de La esfinge maragata es una mujer que se sabe calumniada y siente su éxito amargado por ese dolor». El malestar se agrava cuando «el amigo de juventud, al que la escritora amó románticamente cuando aún era apenas otra cosa que empleado del Banco de España, y además estaba enfermo, lleno de alifafes como un anciano precoz, acaba de traicionarla, casándose por sorpresa con una jovencita madrileña». Concha Espina marcha de viaje a Berlín, con el pretexto de visitar a su hijo Ramón, dolorida y triste. Lo cuenta en El cáliz rojo (1923), una de sus novelas preferidas «porque va unida a algo íntimo», que revela su desamparo. Ya había publicado El metal de los muertos (1920), sobre los conflictos mineros de Riotinto, y era una escritora consagrada, aunque con sus límites perfectamente establecidos. A partir de ahí, su obra va decayendo: Altar mayor (1926) será su último título de cierto interés.

Participa en la fiesta de la República (su hijo Luis será quien coloque la nueva bandera en la Cibeles; funda la Asociación de Amigos de la Unión Soviética; se divorcia; representa al gobierno en el cuarto centenario de Lima) y en su resaca: afiliada a Falange en 1936, pasa el primer año de la guerra en Mazcuerras, el pueblo bautizado en 1948 como Luzmela, por el título de su novela. De su encierro montañés brota Esclavitud y libertad. Diario de una prisionera (1938), donde anota el 1 de noviembre de 1936 la muerte de su ex marido, Ramón de la Serna Cueto, alcalde republicano de Cabezón de la Sal: «Hacía más de veinte años que no veía a este señor. Él consagró sus últimas actividades a la política de Azaña y fue alcalde de Cabezón, su pueblo, con el Frente Popular». Ramón era pariente de la diputada socialista Matilde de la Torre y de la pintora cubista María Blanchard, amigas de Concha. En agosto de 1937 se traslada a San Sebastián y empieza a publicar sus novelas bélicas, entre las que figura Princesas del martirio (1939), donde relata la muerte en el frente de Somiedo de tres jóvenes astorganas, «rosas del erío leonés».

La posguerra de Concha Espina, que vive entre agasajos y recluida en su ceguera, se nutre de copiosas reediciones de sus obras anteriores y unos pocos títulos nuevos irrelevantes. En 1950 obtiene el Premio Nacional por Un valle en el mar y publica De Antonio Machado a su grande y secreto amor, donde baraja con cursilería y muchos remilgos las cartas del poeta a Guiomar, que a estas alturas todavía no desvela su identidad: Pilar de Valderrama (1892-1979).

LEGADO FAMILIAR

Su hijo mayor, el filósofo y traductor Ramón de la Serna, pasó la guerra en Madrid y murió en el exilio chileno. Se había formado en Berlín, donde fue corresponsal de prensa y participó en la efervescencia de su vanguardia. De vuelta a España, se convirtió en el traductor de referencia para la cultura germánica, publicó varias novelas con más andamiaje conceptual que argumento y unas cuantas piezas teatrales de sesgo dramático. El segundo, Víctor de la Serna, convirtió a Informaciones en el único diario de la hemeroteca que ignoró la derrota de Hitler. Giménez Caballero lo retrata como falangista nazificado. Padre patriarcal y abuelo múltiple, acabó sus días de viajero ilustrado y horticultor ocioso en la Costa del Sol. Nuevo viaje de España. La ruta de los foramontanos (1955) recorre con fruición y lirismo diversas comarcas leonesas: Luna, Babia, Laciana, Picos o la Maragatería. El pequeño, Luis de la Serna, troquelado por la iconografía republicana izando la tricolor en Cibeles, aplicó sus saberes médicos a la aeronáutica. Tuvo un cargo en Iberia y colaboró en la aventura espacial con los americanos. Murió en accidente de tráfico, cerca de Burgos, después de haber visto prosperar el derbi rocino de la playa de Loredo, que él fundara en 1957 para amenizar las fiestas de la Virgen de Latas. Ahora lo disputan pura sangre ingleses.

Ernesto Escapa, Domingo 30 de junio de 2013

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