Un siglo de paciencia; cumplir cien años en Maragatería

BAILÓ AL SON DEL TAMBORITERO ‘TI SALVADOR’ PERO SU VIDA, AHORA DESDE LA ATALAYA DE LOS 100 AÑOS, FUE DE POCO OCIO Y MUCHO TRABAJO. OVEJAS, CENTENO Y LEÑA ERAN SU DÍA A DÍA

Tiene una imagen grabada en la memoria Dolores Fernández, esta maragata centenaria con arranque y carácter, tan fuerte raigaño como los robles del Teleno, y es la de tener que subirse a los árboles, de niña, a podar hoja para alimento de las ovejas, con su padre debajo para recogerlas. Así se encaraba la vida, a principios del siglo XX, en el pueblo de Tabladillo.

De entre los lejanos recuerdos de niñez, los hay alegres como juegos y bailes de mozas, que mozos casi no había en la aldea, los domingos en la plaza al son del ‘Ti Salvador’, tamboritero (jota, corrido maragato, todo al módico precio de una perrona), y alguna travesura como dar a beber vino a la burra («¡dióu un paralís a la borreya!», decía la gente); y otros, los más, de cansancio y labor infinita, siempre a la leña («yo apañé de todo»), a arar con la pareja la dura tierra somozana («había que tener narices para agarrar la vertedera»)… y casi sin solución de continuidad, verse casada con Tomás, el hijo del sastre-cantinero de Pedredo, sastre él también, y luego, como buen maragato, hombre de mil oficios, viajante y «empleado de la luz» que dice Dolorinas.

Marcharon a vivir a Santa Colomba, que era donde tenía Tomás el taller, y allí sacaron adelante nada menos que a ocho criaturas, que de aquella era lo normal, y cuidando hasta a una abuela paralítica que vivía con ellos. De la guerra recuerda el mucho temor que pasaron («no nos cogía el miedo en un saco»): «Había una pareja a la que le llamaban Los Chorizos porque se echaban en cara que él le regalaba chorizos a otra mujer y que ella se los daba a otro, que siempre les faltaban corras; y a estos les persiguieron mucho por ser contrarios, así que estuvieron guardados en casa hasta que por fin se entregaron». «No les hicieron nada, pero de uno de Pedredo escuchamos que lo habían enterrado vivo», relata.

«¿Mi vida?» «Muy atravesada». Desquilar ovejas a tijera, hacer queso, encontrarse camino del molino de Lucillo con unas lobadas que ponían los pelos de punta… y ver morir a su esposo con sólo 62 años. La obsesión suya fue la de ir ahorrando, poco a poco, día a día, «unas perricas» y lleva muy a gala el hecho de no haber tenido que pedir nunca nada a sus hijos. Vive en la residencia astorgana de las Hermanitas de los Ancianos y se siente mejor en este momento que cuando cruzó el umbral: «Estaba más ruin que ahora, entré con dos palos por piernas». ¿Y el secreto para llegar a los cien? No lo duda Dolorinas: «Paciencia, hijo, mucha paciencia».

Nacencia

En Tabladillo, Maragatos, año 1912

Guerra

«No nos cogía el miedo en un saco», asegura. «Decían de uno de Pedredo que lo enterraron vivo»

Conclusión

«Estas vidas fueron todo calamidades»

Diario de León | Emilio Gancedo | 27/05/2012

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