“La Comunal” y el “Batán-Museo” en Val de San Lorenzo

“Val de San Lorenzo sigue latiendo a ritmo del Batán” Por Paco Alcántara

La actividad y el ajetreo que aún se observa en el Batán de Val de San Lorenzo son reales. Quienes apilan en rincones hasta ocho o nueve mantas con las que entran cargados en este singular museo no pertenecen a una compañía teatral contratada para simular el trabajo que aquí se realizaba. Aquellos que trajinan sus paños en los lavaderos llenos de agua y mueven los decimonónicos artilugios indiferentes a la presencia de los forasteros componen la última generación de artesanos que cumplen un estricto ritual que aprendieron de sus padres.

Cioni, como conocen en este pueblo maragato a Asunción del Canto, comenzó a tejer con apenas doce años junto a su madre, ahora se acerca a los 70 y realiza todo el ritual mecánicamente. “Continúo trabajando porque tengo vendida casi toda la producción a clientes de Francia, Inglaterra y Bélgica, donde aprecian mi trabajo”, comenta esta mujer menuda, cenceña, pero que desprende una enorme energía cuando traslada sus mantas empapadas de agua, ya abatanadas, desde la pila, hasta la centrifugadora. Mirando a los visitantes no duda en destacar, orgullosa, la calidad de las prendas que se confeccionan en su pueblo y asegura que “estas mantas son eternas, su único enemigo es la polilla”.

Junto a Cioni, Miguel Ángel Cordero da cuenta de las singularidades de este edificio en el que, “desde mediados del siglo XIX, ya se realizaba una parte importante de la confección de mantas y cobertores, como es el ablandado, lavado, desengrase y centrifugado de las piezas, hasta que quedaban completamente tupidas y pasaban, entonces, a la percha de cardo, donde, finalmente, se sacaban los pelos a los paños, gracias a roce con los pinchos de los cardones que se encuentran adosados a dos enormes rodillos de madera”.

Cuando echa a andar la percha de cardar y el ruido de los cilindros envuelve toda la estancia como testigo de lo que fue una revolución industrial en la época, transita un pensamiento que esbozó Concha Casado, animadora incansable de la pervivencia de los oficios artesanos: “La sabiduría de cada generación es nuestra propia sangre. Así hay que mirar las raíces y las huellas del pasado”. Mucha razón llevaba la veterana etnógrafa cuando reflejó en sus escritos estas reflexiones, porque las paredes de este batán, levantado con piedra y madera, acogen la historia textil de este pueblo leonés que “hace 250 años tenía censados hasta 81 fabricantes de paños, en el que más de 150 vecinos ejercían como principal ocupación la de peinar y cardar la lana y no menos de una veintena de mujeres se dedicaban a hilar”, enfatiza el cicerone, que ofrece, inmediatamente, la respuesta que todos se interrogan en la mente tras escuchar estas cifras. La crisis y la globalización de los mercados también asoló a esta comarca leonesa y, actualmente, “sólo hay abiertas dos fábricas y una docena de talleres familiares”.

La Comunal

Val de San Lorenzo se encuentra a apenas seis kilómetros de Astorga. Este remozado batán se asienta a la entrada del pueblo, junto a la ribera de un riachuelo que en verano baja seco, el Turienzo, y donde aún se observan los canales por los que corría el agua necesaria para mover este complejo textil, cuando el río venía crecido. “Hemos mantenido la estructura hidráulica y la usamos sólo en contadas ocasiones, porque es muy espectacular poder contemplar el movimiento de las máquinas gracias a la fuerza del agua, aunque ya en 1920 se colocaron los nuevos batanes que funcionaban con energía eléctrica”, advierte el cicerone, que oferta continuar este instructivo paseo textil hasta el centro del pueblo donde se acaba de abrir el museo de ‘La Comunal’, la que fue primera fábrica con maquinaría moderna destinada al cardado e hilado de la lana. Apenas tiene un año de vida (en 2007), como detalla el arquitecto Javier López Sastre, encargado de la rehabilitación del edificio que cerró sus puertas en 1990 porque apenas si tenía trabajo. “Hemos intentado crear un ambiente agradable combinando una estancia diáfana con la luz que entra, a borbotones, por los grandes ventanales”.

Todas las máquinas que se exponen en ‘La Comunal’ llegaron de Cataluña en los años 30 y 40 del siglo pasado. “Habían sido desechadas en los talleres de esta región”, va explicando Miguel Ángel, mientras se detiene en cada una de ellas, “son reliquias, porque no se trata de tecnología punta, pero funcionan y, ése es el logro, mantenerlas en uso”. Piezas como el ‘diablo abridor’, que va deshaciendo la lana recién lavada y donde se rocía con aceite el vellón para que durante todo el proceso el pelo de la lana se mantenga tenso y la hiladura no se parta, son la demostración del ingenio que pusieron estos inventores para eliminar un proceso que, de forma manual, sería eterno.

“Este verano (2007) hemos realizado recorrido guiado, haciendo funcionar todo el proceso, y ha sido una experiencia que repetiremos”. Durante 2007, el número de visitantes al Museo Batán y a ‘La Comunal’ ha rondado los 20.000, “es la constatación -señala Concha Casado- de la atracción que siente la gente por conocer los oficios tradicionales y la demostración de que cómo cuando se recupera este tipo de edificios, continúan siendo útiles”.

‘La Comunal’ era el nombre con el que se conocía en Val de San Lorenzo a una Comunidad de bienes que allá por 1920 crearon 73 vecinos para aquilatar gastos y realizar de forma conjunta uno de los procesos más complejos como es el de hilar la lana.

Espionaje en el XIX

Sin embargo, la fecha clave sobre la que pivota el desarrollo de esta localidad textil es mucho anterior. Hay que remontarse hasta 1858, cuando la pañería maragata entró en una crisis profunda sin posibilidad de salida, porque solo se fabricaban paños burdos, como la típica manta arriera, con rayas verdes, encarnadas y amarillas, conocida en estos pagos con el nombre de berrenda. Según relata Concha Casado, a diferencia de lo que ocurrió en otras partes de España, caso de Sabadell, Tarrasa y Béjar, que reconvirtieron sus talleres, “aquí no existió opción a la mecanización” y la actividad continuó “gracias a la perspicacia de un aventurero que acudió a Palencia”, donde las mantas tenían merecida fama, para copiar la maquinaría que utilizaban.

José Cordero y su hijo viajaron hasta la capital de Carrión para investigar cómo iban construidos y tejidos los paños en estos telares. Tras seis meses de experiencia o de “espionaje industrial”, regresaron de nuevo, padre e hijo, y construyeron un telar similar al que usaban en Palencia y de “ahí nace el cobertor de Val de San Lorenzo”, remata Miguel Ángel, mostrando este modelo capaz de tejer, a diario, cuatro mantas, aunque necesitaba de dos artesanos para que funcionara.

Año catapún

Josefa Centeno aún recuerda que la lana siempre se ha traído de la comarca de Campos, de Zamora y, también de Galicia, “el pelo de las ovejas gallegas era más amarillo”, apunta esta octogenaria mujer. Con una memoria prodigiosa, explica que ‘La Comunal’ quitaba mucho trabajo, porque allí eran unos obreros quienes llevaban a cabo el lavado de la lana, el escarmenado, cardado e hilado. “Nosotros elegíamos el grosor del hijo, según la prenda que íbamos a confeccionar”, luego pagábamos en función de los kilos que entregábamos.

Josefa, la madre de Cioni, dice que es “muy repentina”, para explicar que le gusta estar todo el día ocupada. “Ya no puedo tejer porque me falta vista”, pero aún pasa el palmar de cardo para sacar el pelo a la manta. Lo hace con mimo, mirando que el paño no contenga ninguna falta, personificando una forma ancestral de comportamiento, sabedora que heredó unos conocimientos que aplicó concienzudamente durante años. Su historia es similar a varias generaciones de vecinos de Val de San Lorenzo: comenzó con el telar de madera, “del año mil catapún” y tejió “como una tigre, que remedio, no había otra solución y te decían cuando venías de la escuela… métete un poquitín”. A principios del pasado siglo, su padre cardaba a mano con las cardas mientras le “enseñaba las letras del silabario”. Décadas donde toda la producción la vendían en casa. “Venían ambulantes y comercios a comprar aquí, también servíamos mucho en Ponferrada”.

Eran otros tiempos, cuando un grupo de jóvenes viajó a Madrid con los Coros y Danzas para recibir a Eva Perón, “bailamos ante la Perona en un festival vestidas de maragatas”. Años en el que las fábricas textiles en Val de San Lorenzo sumaban la veintena y todo el pueblo tenía trabajo. Pero “esto se acaba”, lamenta Josefa. Su hija asiente con la mirada, pero se revela ante tanto pesimismo: “Aún no, todavía quedamos algunos y quien sabe si alguien coge el relevo en el telar”.

Paco Alcántara | 30/09/2007

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