(III) Arqueología contemporánea en Val de San Lorenzo

Vivienda moderna, vivienda postmoderna y conclusiones.

11. LA TRANSICIÓN A LA MODERNIDAD.

El retorno de algunos inmigrantes de América y la mejora de las condiciones económicas a partir de los años 60-70 llevaron a una modernización y urbanización de las formas de vida en Maragatería. Nuevos conceptos higiénicos comenzaron a imponerse tanto en el exterior – encalado de muros para esconder la piedra – como en el interior – adaptación de espacios para cuartos de baño, separación más clara entre zonas sucias y limpias: la cocina se aleja de los animales, etc. –.

Todas estas nuevas concepciones suelen llevar en la práctica a la readaptación de una parte de la casa o su totalidad a formas modernas de vivienda. Es habitual que las zonas con más contenido sentimental se preserven, como la cocina, pero el resto de estancias suelen reaprovecharse o, si las dimensiones son grandes, simplemente abandonarse o utilizarse como trasteros. El hogar pierde entonces esa concepción dispersa donde el patio jugaba un papel fundamental como elemento distribuidor, se pasa a una casa generalmente más pequeña donde el pasillo juega el papel del patio, a la que se accede por una puerta como las actuales y no por el portón del patio o corral. En la costumbre de entrar por una u otra puerta puede verse el grado de modernización de los habitantes de la misma ya que en muchos casos pervive la costumbre de entrar por el patio. La calefacción hace que no se necesiten tantas mantas en casa, y los electrodomésticos modernos anulan la necesidad de la cocina tradicional incluso como espacio para colgar la matanza que poco a poco va desapareciendo. La progresiva desaparición de los animales del entorno doméstico deja, sobre todo en las casas campesinas, amplios espacios vacíos y llenos de suciedad según los criterios modernos, que en muchas ocasiones van a ser cerrados y olvidados.

Es común ver que la cultura material del Antiguo Régimen suele acabar en espacios del Antiguo Régimen. Aperos de labranza, herramientas, piezas de caballerías y ganados, objetos de la casa tradicional se acumulan en antiguas cocinas, cuadras o patios cubiertos. Espacios también receptores de objetos derivados de actitudes conservacionistas también propias de lo preindustrial: el vidrio y el metal se guardan como objetos de valor, llenando hornos, alhacenas y huecos de la pared, carentes ya de utilidad en la cultura del usar y tirar. Un elemento del mundo actual sin embargo también suele conquistar terrenos preindustriales: el coche. Gran cantidad de espacios se convierten en cochera, aunque no por ello pierden su cultura material.

Dentro de las tipologías de nuestro municipio las casas que se prestan a una mejor modernización son las campesinas. Estas poseían generalmente una zona de dormitorios con un pequeño pasillo que se podía ampliar incluyendo cocina y baño, y una pequeña sala, para crear un hogar moderno. El resto de las zonas se solían abandonar y usar como trasteros. En cambio las otras dos viviendas carecen de funcionalidad: la artesana por ser excesivamente reducida y la arriera por demasiado grande (aunque esta sí que será restaurada dentro ya de una mentalidad posmoderna, no moderna). Es común ver casas campesinas que han creado un núcleo moderno en su interior, mientras que las casas artesanas se abandonan y sus dueños se plantean levantar un edificio nuevo desde los cimientos – situación que en parte tiene que ver con las propias dinámicas económicas y cognitivas de Val de San Lorenzo –.

Uso tradicional (arriba); uso moderno (en medio); vista actual (abajo).

En esta casa podemos observar el cambio de funcionalidad de los espacios. En la casa tradicional ni siquiera existía la puerta a la casa moderna y se entraba directamente por el patio, ni tampoco había cuarto de baño. Por desgracia no hemos podido conocer la distribución interior de la casa moderna, aunque no es difícil imaginarse que será similar a las comunes actuales.

Toda la vida se concentra en el núcleo moderno, que permite salir a la calle directamente sin ensuciarse, dejando tras de sí amplios espacios de abandono que en muchos casos se convierten en ruina sin que los dueños se preocupen lo más mínimo: son espacios no funcionales y no valorados.

En este caso todavía existía un pequeño corral de gallinas que se habían adueñado de todos los otros espacios y campaban a sus anchas. Cualquiera de las casas estudiadas podría servir como buen ejemplo a un arqueólogo como ejemplo de la complejidad de toda interpretación histórica de un yacimiento.

La antigua zona de vacas, cocina y patio cubierto están repletos en la actualidad de aperos de labranza, arados de madera y metal, muebles tradicionales de madera, herramientas, etc. Hemos podido localizar algunas actividades conservativas en relación con los metales y con el vidrio: el horno – que habitualmente se llena de objetos sin utilidad – estaba repleto de recipientes de vidrio llenos de manteca, que se guardaba desde hace años “por si algún día alguien quiere hacer jabón”.

11. 1. La vivienda moderna.

No dedicaremos mucho espacio a esta cuestión por varias razones. Primero porque no hemos conocido casas de este tipo en Val de San Lorenzo. En segundo lugar, porque carecemos de la necesaria distancia histórico-temporal para poder hacer un análisis de la casa actual: muchas serán iguales a la mía o muy similares dentro de un proceso no dinámico, ya estabilizado. Se trataría de una arqueología del presente difícil de realizar y que seguramente podría ofrecer más resultados a un antropólogo.

Desde los años 60 hasta la actualidad Val de San Lorenzo ha ido presenciando como una gran cantidad de casas “modernas”, cuyos materiales esenciales eran piedra y teja en sustitución de piedra y ladrillo. En ocasiones se pintaba el exterior pero muchas de ellas seguían la moda del ladrillo visto. El espacio abierto externo deja de ser productivo y pasa a tener una concepción ya capitalista al 100%, como lugar de ocio o de exposición del gusto estético con árboles, jardines, estatuas, fuentes, etc. En el pueblo se han convertido en un símbolo de los industriales textiles, que construyen casas de cierto volumen tratando de dejar atrás su pasado preindustrial. Son por lo tanto reflejo de una época y forman parte de la historia de Val de San Lorenzo, eso sí, de la otra historia que sucintamente nosotros tratamos de narrar.

 

 

 

 

 

 

 

 

12. LA ARQUEOLOGÍA DE LA POSTMODERNIDAD. LA CASA DE LA POSTMODERNIDAD.

En primer lugar definamos lo que consideramos una “casa postmoderna” y cómo se manifiesta en Val de San Lorenzo. En pocas palabras y sin veleidades arquitectónicas, se trata de construcciones que retoman los elementos que quieren de la arquitectura vernácula (generalmente los externos si no son afuncionales: nadie cubrirá su casa de paja) pero que rompen con límites de volúmenes y formas tanto en el interior como el exterior. Muros adentro suelen organizarse como casas modernas aunque se busca un diseño que evoque lo “tradicional”, dotándose del mayor número posible de símbolos que aludan a aquella realidad pasada, y aún mejor si son originales. Lo tradicional hace resaltar, por contraste, materiales ultramodernos y espacios de ocio como piscinas o jardines, o incluso espacios interiores complejos en términos arquitectónicos. Por regla general este tipo de residencia se encuentra en entornos rurales aunque su relación espacial con el propio paisaje rural es confusa. En ocasiones se integra en el pueblo, otras veces busca aislamiento; esta indefinición nos dice que no se trata ya de una cuestión de relaciones sociales con el propio pueblo y sus habitantes, sino de algo más profundo, interior, que también ha de ser mostrado pero a grupos más reducidos como es propio en individuos más aislados. La casa postmoderna se enseña a los amigos que vienen a pasar las vacaciones, al arquitecto, al diseñador, no a la población rural que en ocasiones todavía vive en casas exteriormente semejantes.

Por un lado existe entonces una demanda de este tipo de producto, por otro, han de existir profesionales que satisfagan estos intereses. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Se trata de una pregunta sin respuesta, como la que podría llevar al planteamiento de sí la casa determina la cultura o la cultura la casa. ¿Es que la casa no es cultura? El mundo es un todo complejo de difícil auscultación.

Empecemos por el demandante. ¿Qué lleva a un habitante urbano, pongamos de Madrid, a construirse una casa de tipología arriera maragata en Val de San Lorenzo, Lagunas o San Román? Si buscase una segunda residencia podría hacerla en cualquier otra parte y con materiales más económicos. Una gran masa de personas hoy día se encuentra desarraigada, desvinculada de todo proyecto en medio de una vida a la que fuera del consumo no encuentran sentido. El desarraigo se produce en medio de un mundo global donde tenemos todas las opciones y precisamente por ello creemos no tener nada. El neoliberalismo ha apoyado y potenciado este desarraigo, que crea trabajadores mucho más sumisos que están 6 meses aquí y 3 allí sin poder echar raíces en ninguna parte, sin nada por lo que luchar porque se esfumará inmediatamente. Una vez que el individuo no puede mirar al futuro con calma, ha de mirar al pasado, buscar unas raíces. Poder dar la vuelta al mundo pero saber que un lugar, por muy remoto que sea, sigue desarrollando su historia, la historia a la que él de un modo u otro se encontraba o se había vinculado. Como ya preveía Nietzsche en su segunda intempestiva, el abismo nos arrastra, nos angustia y nos hundimos cada vez más, y no nos es posible volar libremente atravesando espacios y vivencias libremente. Quizás sólo debamos arrastrarnos como serpientes, y sólo así, adheridos a la tierra, podremos elevarnos sobre ella. En los estados esta fiebre en el fondo transluce un problema de falta de legitimación: por eso muchos utilizan metáforas del mundo clásico al que se pueden amarrar como un buen símbolo de poder y tradición. Los individuos en cambio lo tienen más difícil. Las posibles vinculaciones que pueden tener son infinitas, y en cierto modo les resulta también difícil establecer un nexo sentimental real con ellas ya que, como señala Vattimo en “El pensamiento débil” una vez producido el desarraigo es difícil volver a arraigarse a algo. El hombre se aplana, su temperamento se enfría, se abstrae de lo real y pasa a vivir en el mundo de lo virtual, sea este digital o humano. Otra profecía de Nietzsche: el mundo real convertido en fábula.

Una de las varias casas “posmodernas” de Val de San Lorenzo. Varios símbolos son reapropiados: piedra, teja, corredor, una puerta de 1850 y el cuarzo sobre la chimenea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero aunque el individuo intente plantar su semilla en algún tipo de lenguaje tradicional no puede dejar de lado tampoco su léxico moderno. Debemos valorar nuestro pasado pero no podemos permitirnos dejar de lado los tan valorados adelantos tecnológicos y todo el complejo léxico en el que nos movemos, también repleto de símbolos: qué mejor que un diseño art decó tras unos muros de un metro de piedra, o una balconada de titanio combinada con madera labrada. En palabras de Vattimo (2006) “La falta de un auténtico proyecto propio, el puro recorrer, como un parásito, aquello que ya ha sido pensado; y hacer, además, animado por un propósito sustancialmente edificante y estético: el de revivir el pasado como tal, con el único fin de gozar de él en una especie de degustación arqueológica propia de un anticuario.”

El postmoderno se vincula a lo rural pero no quiere ser rural, y busca formas de diferenciarse. Por lo tanto el mensaje que envía llega a ser un tanto absurdo: vinculación con lo rural pero diferenciándose de ello, acercamiento a la naturaleza pero tras altos muros, dualidad de lenguaje tradicional y ultramoderno… Una dualidad en realidad entre el elitismo de los lenguajes propios de las ciencias establecidas y “reconocidas” como la arquitectura, y un populismo en la transmisión de símbolos compartidos con una comunidad; aunque quizás no deberíamos decir compartidos, sino reapropiados por la fuerza.

Y es que el capitalismo en su fase postmoderna se apropia con fiereza de los símbolos pasados, y cada vez de un pasado más reciente. Desde mi perspectiva la apropiación de un símbolo es en cierto modo la certificación de la sociedad de masas de su “muerte” y el comienzo de una “segunda vida” ya dentro de esquemas capitalistas y de consumo. Así ocurre con la hoz y el martillo, la figura del Che Guevara o las siglas del partido comunista “CCCP”: en el fondo la reapropiación también tiene algo de “conjuro”, nos reapropiamos del comunismo para que no vuelva. Así ha sucedido por ejemplo con la moda que se adueña de los referentes de todos los movimientos subculturales y los hace “chic”. Ocurre con los cuadros y rayas del punk o con las calaveras de los movimientos góticos. En 2008 se ha descubierto y puesto de moda desde las grandes pasarelas el color morado, ya descubierto y explotado hace unos años por los grupos emo. Los grupos pop salen a escena con palestinos al cuello. La reapropiación capitalista, como un espíritu malvado, los posee y extirpa cualquier tipo de contenido dejando sólo la superficie, la estética: lo postmoderno es superficialidad, estética y un intento de crear un armazón de complejidad interior; exactamente como las casas postmodernas que hemos descrito. La variedad de mensajes y de símbolos tanto internos como externos que se pueden exponer es prácticamente infinita y cuántas más referencias se integren en la globalidad más sorprendente y positivo será el mismo, consecuentemente mejor la transmisión. Desde el lado de la Cuba comunista sin embargo se produce el efecto contrario: la apropiación de los símbolos del capitalismo (esencialmente marcas conocidas como Nike, Reebok o Adidas, que se pintan en camiones, coches, casas, ordenadores, etc.) como objetos de deseo, mientras se rechazan los símbolos y la estética impuesta por la revolución.

En términos de estrategias de poder no es más que una nueva forma de expandir, y si se puede nacionalizar o globalizar la expansión aún mejor. Sólo que se trata de un poder diluido, débil, no coercitivo sino seductor. El empresario urbano que no quiere aparentar ser un excéntrico ser maniatado a su trabajo se muestra sutil y benefactor en su casa de campo: no es un halcón, sino una paloma.

El hombre posmoderno se presenta con un mensaje tan súmamente débil que no solamente no critica lo anterior, sino que lo idolatra y venera, apropiándoselo. Su mensaje es sumamente seductor, y en Val de San Lorenzo como en cualquier otro pueblo causan el efecto que en su día propiciaron las casas de ricos maragatos arrieros y posteriormente las construcciones modernas de ladrillo: marcan la pauta y la moda. Pero su vuelta de tuerca es radical y provoca el caos ya que es incomprensible – por el momento – en ámbitos rurales, aunque se imite. Los cambios son demasiado rápidos y la globalización mueve información a una velocidad no asumible por nuestros ciudadanos rurales de una mediana edad. La lógica a la que se habían acostumbrado los habitantes de Val de San Lorenzo desde 1950 era en resumidas cuentas esta: a más dinero, materiales y casas más modernas. Como siempre los más acaudalados marcan tendencias. Pero… ¿y si la moda es precisamente volver a valorar aquello de lo que se había renegado? Sobre todo cuando ese aquello lleva asociada la idea de pobreza y hambrunas. La piedra, símbolo y recuerdo imperecedero de épocas pasadas de sufrimiento, pasa a ser un bien de lujo. Como tal pasa a ser un vehículo simbólico precioso. Del “tengo dinero luego compro ladrillo” al “tengo dinero luego compro piedra” hay un abismo mental. Abismo imperceptible en ámbitos rurales que siempre van por muy por detrás de las tendencias marcadas en ámbitos urbanos. El mínimo valor otorgado a la piedra ha hecho que saliesen de Maragatería toneladas y toneladas a precios ridículos, que una vez pasadas por el rodillo del capital volvían a colocarse en casas de la comarca, rehabilitado su orgullo, cargadas de mensaje y revalorizadas al máximo. Y lo mismo ocurre con muebles, puertas, carros, arados y un largo etcétera. Pero el agro no debe avergonzarse, lo mismo ocurre a nivel de países: mientras en los países donde aumenta la conciencia ciudadana nacen formas de vida alternativas y anticonsumistas, una mayor preocupación por el tercer mundo, etc., los países en vías de desarrollo y sus habitantes tratan mayoritariamente de alcanzar y poner en práctica las posibilidades de consumo de sus vecinos más ricos sin ninguna cortapisa. Este contraste puede observarse perfectamente en un paseo por cualquier calle del Berlín actual, que progresivamente vuelve a segregarse en dos: mitad turco, mitad alemán.

En el apartado de gestión proponemos un proyecto en el que se financie el picado de encalados y el rejunte de la piedra en las casas modernizadas, de cara a una reconversión del pueblo al sector turístico. El éxito o fracaso de la experiencia podría servirnos como baremo en este caso. Sin embargo me temo que el seguimiento, en el momento actual, no sería muy alto. Por las opiniones de nuestros entrevistados, el que “se haya puesto de moda la piedra” o que “se lleven las casas a la antigua” suena extraño, incomprensible y además afuncional por sus elevados costes. Sin duda en los pueblos se imitará este estilo por cuestiones de moda y “estar a la última”. Pero desde un punto de vista generalizador resulta absurdo ya que el mensaje que trasmite un urbanita no lo puede asumir un local, en primer lugar porque ya está vinculado a la naturaleza y a lo rural, en segundo, porque no necesita enraizarse ni mostrar su pertenencia a una determinada tradición en la que se encuentra ya muy fuertemente arraigado. Curiosamente el interés simbólico y funcional es recíproco: en los pueblos sueñan con tener “un pisito en Madrid o Barcelona”, en Madrid o Barcelona, con hacerse una casa de pueblo. La desigualdad de condiciones económicas y precios de la vivienda y suelo hace también que los rurales perciban su inferioridad. “Cualquier día nos compran el pueblo entero” me decían en Val de San Román. Y no desatinaban.

Recontrucción de una casa arriera en Val de San Lorenzo

Si un arqueólogo dentro de mil años encontrase una casa postmoderna de un foráneo y otra de un local en un mismo contexto espacial les daría con seguridad la misma adscripción cultural y tipológica, y sin embargo hemos visto como los mensajes que contienen una y otra son totalmente distintos. Nos encontramos en las difusas fronteras de la arqueología. También podemos extraer otra lección: lo absurdo que puede resultar el difusionismo y su comprensión como fenómeno que explica la transmisión tipológica y cultural: ¿imitar una cerámica o una morfología de vivienda es haber sufrido una aculturación? ¿Los habitantes prerromanos de la actual Maragatería fueron aculturados o simplemente imitaron los modelos romanos, más funcionales y que se imponían por todas partes? Lo que está en juego es si al encontrar una moneda o una sigillata en un castro del Hierro I podemos decir que eran romanos. Pagaban tributos a Roma y hacían casas y cerámicas igual, luego eran romanos. Hacían casas como los madrileños, luego en Val de San Lorenzo eran madrileños. Espero que lo jocoso no reste peso a la cuestión.

alle de Val de San Lorenzo. Paredes encaladas o con cemento por doquier

La reapropiación de símbolos en las casas de nuestro municipio se lleva a cabo conjugando la labor del arquitecto y la del propietario: se observa y estudia la arquitectura vernácula y se toman elementos distintivos pero sin la cortapisa de la forma y el diseño. Así, los elementos simbólicos son exigidos por el constructor mientras que diseños y decoraciones tienden a ser mano del arquitecto. El símbolo por excelencia es la piedra aunque esta suele ser simplemente una capa externa por sus elevados costes: corazón de ladrillo caparazón de piedra. Para las cubriciones del tejado se usa la teja, mucho mejor si se trata de “teja vieja” también valor en alza en este tipo de construcción. Se trata de tejas reaprovechadas de edificios antiguos que ya ha sufrido la acción de los elementos y en ella se puede distinguir su vejez. Es indispensable un buen corredor de madera con un cierto trabajo de ebanistería que puede ser más o menos libre (existen los que reconstruyen por el libro y los que se permiten innovar “artísticamente”) aunque su valor es mayor si se orienta al sur como es habitual en la zona. Otro elemento a apropiarse son las puertas: han de ser de madera noble y reutilizadas, si poseen la fecha de elaboración mejor que mejor. Y dentro de la puerta es esencial un buen trabajo de forja en manilla y cerradura, aspecto que en todas las casas vernáculas se cuidaba mucho. Gracias a las nuevas técnicas de tratamiento del metal se pueden hacer diseños que superan claramente los anteriores. Las ventanas han de ser de madera, pero en ellas se conjuga ya lo funcional con lo tradicional, nadie quiere un ventanuco a la antigua sino grandes ventanales que creen espacios diáfanos y luminosos en el interior.

La chimenea es otro punto de inflexión con la modernidad que había llenado el horizonte del pueblo de pequeñas chimeneas metálicas o de ladrillo, baratas y funcionales. Volvemos a amplias chimeneas y, como no, en la cúspide rematamos la apropiación simbólica colocando una laja horizontal sobre la chimenea y un geijo (piedra de cuarzo blanco) sobre la laja. Esta peculiar costumbre mezcla lo funcional con lo simbólico. Se impide por un lado la entrada de la lluvia y de desechos de aves y con la piedra se impide que la laja se vuele. Pero curiosamente se trata siempre de cuarzo blanco, algo que seguramente entra dentro de las formas simbólicas de dar por finalizada “mágicamente” la casa – como algunos que colocaban un cordero en el tejado por varios días con objetivos similares –. Dentro de este contexto debemos entender que el cuarzo blanco posee un destaque para la comunidad ya que en cierto modo se le están atribuyendo valores mágicos. El origen de esta tradición es imposible de conocer. La única hipótesis que se me pasa por la cabeza es que sea una tradición de origen romano en relación con la intensa explotación aurífera de la comarca: el cuarzo blanco se relaciona directamente con los filones de oro y por lo tanto su hallazgo en un lugar era señal para los prospectores romanos de que allí podían hacerse catas mineras.

El tiempo no perdona y la piedra sale a la luz. El pintado y encalado de una casa supone una inversión y un trabajo que supera sus ventajas funcionales.

No hemos podido visitar el interior de ninguna de estas casas ya que sus residentes las frecuentan muy estacionalmente. Pero gracias a la auscultación del termómetro del mercadillo local de objetos antiguos podemos saber lo que se valora para la decoración de interiores. Para los suelos es interesante la adquisición de lajas de piedra cuanto más grandes mejor, o bien la imitación de los empedrados maragatos. Las paredes suelen estar cubiertas también interiormente de piedra, procurando colgar de ellas todo tipo de objetos del mundo preindustrial. El arado es muy valorado, pero también objetos más discretos como la ceranda, el yugo, etc. Todo elemento de metal o vidrio no es bienvenido porque no se asocia a lo preindustrial. En general es interesante hacerse con algún elemento extraño cuya posesión convierte a su dueño en único y ducho en cuestiones rurales. Para la iluminación se intentan conseguir antiguos candiles pero en general no se rechazan formas modernas ya que se considera un aspecto clave. Otro lugar de especial atención es la escalera, para la que se precian barandas de madera y escaleras también en madera. Para los salones se valoran escaños y escañines, además de amplias mesas de madera. En los dormitorios suele primar la funcionalidad, aunque es importante contar con mantas con tejidos de lana, y más en Val de San Lorenzo. La cocina sin embargo ha de ser moderna, aunque se puede hacer alguna alusión a elementos tradicionales como la campana. El espacio externo, en caso de disponer de él, puede referir a elementos tradicionales como pozos, combinados con el mundo del ocio capitalista expresado sobre todo en la piscina.

Expresando la cuestión en términos lingüísticos como bien emplea González Ruibal (2003a) para las casas de indianos gallegas, el hogar postmoderno no es más que una hipérbole ya que en ella la repetición de símbolos es constante para enfatizar la idea, hacerla redundante. Para C. Jencks “El eclecticismo radical empieza a diseñar partiendo de los gustos y lenguajes prevalecientes en un lugar y supercodifica la arquitectura (con muchas sugerencias redundantes) para que pueda comprenderla y disfrutarla gentes de diferentes gustos culturales, tanto habitantes como élite”. La casa funciona como antítesis en sí misma, con el contraste entre materiales tradicionales y modernos, exterior e interior. También respecto a los otros, ya que contrasta con la presunta modernidad del resto de los edificios del pueblo. La anáfora o paralelismo se produce a través de la vinculación histórica entre la dinámica presente y el pasado remoto fundidos en una sola realidad. La casa postmoderna es ultramoderna arquitectónicamente, pero se recubre de símbolos que la vinculan con una tradición ya inexistente, con la memoria de un pasado mitificado. Es la metáfora de la radical busca de historia por parte de aquellos que ya no la tienen. En muchos casos el postmodernismo no es más que el peregrinaje del individuo en busca del valor de sus raíces. Recientemente un conocido me contaba una historia que creo interesante y que aunque pueda sonar a chiste, no lo es. Había ido a China con unos compañeros de trabajo en busca de nuevas técnicas de fisioterapia y relajación. Cuando por fin se reunieron con el fisioterapeuta chino le comentaron algunas de las cosas que les gustaría obtener. Al pedirle música relajante china él les respondió que la música relajante china era para relajar a los chinos, y que ellos tenían una tradición de música clásica excelente a su disposición para relajarse. Cuando le pidieron hierbas medicinales chinas, él respondió que las hierbas medicinales chinas eran válidas sólo para los chinos, que la tierra conforma al hombre y que cada uno debe buscar en la suya las hierbas medicinales que le son propicias.

 14. CONCLUSIONES.

– En Val de San Lorenzo el estudio de la contemporaneidad sirvió para reconstruir a partir de la cultura material y los testimonios orales una situación de desequilibrio como es la tensión-competición latente en la exposición externa de símbolos de poder – casas de ladrillo antes, hoy casas de piedra, etc. –. Esta situación fue tenida en cuenta en el proyecto de gestión donde se procuró crear una situación de equilibrio. Será restituido el valor original de la arquitectura vernácula, sin encalados o coberturas de cemento que pretendan ocultar la piedra.

– Se identificó también un proceso de postmodernización arquitectónica no sólo en Val de San Lorenzo, sino en toda la comarca. La apropiación de la piedra como bien de lujo por parte de las clases dominantes ha revalorizado el valor de la piedra con una consecuencia: los muretes vernáculos de división parcelaria, que daban forma al paisaje tradicional, tienden a desaparecer para la venta a peso de la piedra. Este proceso además puede ser visto como parte de un marco general en el que de nuevo se imponen los criterios del mundo urbano sobre el rural. Se evidencia de nuevo el abusivo uso del espacio por parte de los poderes urbanos. A nivel local las consecuencias son claras: los precios de las casas aumentan, se produce especulación y los pueblos tienden a convertirse en resortes vacacionales, sólo visitados en fiestas y vacaciones veraniegas. La cultura se convierte en una representación artificiosa. Para la gente del pueblo las posibilidades de quedarse se ven reducidas al mínimo en parte por esta situación. También en este sentido se proponen líneas de actuación que creen normas urbanísticas acordes con la tradición evitando excesos postmodernos, impidiendo la destrucción de los muretes tradicionales. A la vez se propone la creación de suelo urbano gratuito para cualquier nuevo posible habitante.

– Igualmente destacar el hecho de que un foráneo entienda bien las cuestiones más profundas del pueblo y hable con los locales sobre temas que les interesan y que les gustaría mejorar o prestar más atención mejora de por sí las posibilidades de apoyo en la gestión. De este modo la historia que se les narraba dejaba de ser la historia del otro para pasar a ser del nosotros, ya que la tradición romana y medieval se enlazaba como un devenir hasta la realidad presente.

– Además sirvió para comprender el papel de la cultura material en procesos de cambio social, no sólo como elemento cargado de simbolismo sino como agente capaz de actuar y pervivir en contextos muy diferentes.

– El trabajo realizado previno la implementación de proyectos agresivos de gestión del patrimonio cultural. Por ejemplo en la cuestión de los colores una visión externa los despojaría de significado para dejar solo la visión estética, pudiendo llevar a normas urbanísticas no aceptadas por la comunidad.

– A nivel teórico el trabajo pretendía dar una sucinta visión del panorama teórico anglosajón en arqueología y en qué punto nos encontramos en la actualidad para poder comenzar a hacer arqueología contemporánea, que más que una realidad es por ahora un proyecto, más todavía en nuestro país.

Esperamos que el artículo sirva para contribuir a un más vivo y sano debate teórico en España. Que a poder ser evitemos simples calificativos – procesual, postprocesual, positivista, postmoderno y demás sistemas de opuestos – y la fácil labor aristotélica de organizar, separar y crear categorías para crear orden en la complejidad que nos rodea.

Pablo Alonso González

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