“Año nuevo venimos, romero y hierbabuena traemos”

 <<En el pórtico de la iglesia, después de la misa, los zamarrazos (pastores vestidos con pieles de oveja) recuerdan uno a uno los acontecimientos del pueblo en el año pasado y sacan a relucir las faltas de los vecinos. Uno de los temas más gustados es el de la repartición del burro… La dama (niño de diez o doce años disfrazado con ropas femeninas) dice las comedias, diálogo en verso con un zamarrazo que hace de galán. A la tarde se hace la función del arado: generalmente sobre la nieve los zamarrazos tiran de un arado que guía la dama y siembran serrín y cagayas de oveja…>>

Las fiestas de Año Nuevo en Maragatería son fiestas de pastores, en parte debido a que componen la mayoría de la población masculina adulta, ya que buena parte de los hombres en esta época del año está fuera de la comarca, en parte debido a la gran importancia económica que tiene para los pueblos el nacimiento de los corderos, que ocurre a finales de Enero.

Pero esta fiesta de pastores tiene, al menos, dos varienates: una más arcaica, en los pueblos serranos del norte de la comarca, y otra más diluida , en los más grandes y los situados en zonas más accesibles, menos montañosos. En la primera, la fiesta la protagonizan los pastores. En la segunda, pastores y mozos combinan elementos de procedencia pastoril (cencerros) con otros propios del carnaval (caretas, tizne) para simular la identidad de los primeros.
De la primera fiesta hay más variantes, todas –antigüísimas-, como dicen aquí. De la segunda, voy a contar la fiesta de Lucillo.

La fiesta de Año Nuevo en los pueblos serranos:
La víspera de Año Nuevo, los pastores, que suelen ser los únicos mozos que quedan en el lugar, salen a echar la ronda por las calles del pueblo, ruidosas como pocas por los grandes cinturones cargados de cencerros que se ajustan a las caderas. Paran ante cada casa pidiendo el aguinaldo y, donde hay una moza, cantan:

D’hoy n’un año aquí venimos,
dispuestos a empezar a cantar;
No venimos po’l aguinaldo,
ni por lo que nos queráis dar,
que venimos por Fulana,
si nos la queréis dar.
Le daremos ha Fulano,
Si lo queréis aceptar.
Ya vendrá por la mañana
A vestirla y a calzarla
Y a llevarla para Misa,
Con un calderito de agua
Y una cuarta de longaniza.
¡Sal po’l ramo,
que ya lo lleva el milano!

Si la moza le gusta el mozo que le han dado, deja el ramo de hiedra que le han colocado en su ventana hasta el día siguiente, para que lo vean los vacinos; si no legusta, lo retira. Por esto, excepto en los casos de las mozas cortejadas, es, sobretodo, ocasión de broma,
y se toma como tal.

La fiesta es, en realidad, el día de Año Nuevo, día grande de los pastores: los corderos, que son la principal fuente de los ingresos de sus habitantes, nacerán al cabo de pocos días , y los pastores son conscientes de su importancia como guardianes de esta riqueza. Así que, a la salida de la misa mayor, hacen un cerco en la nieve en forma de círculo y desde allí recitan las comedias, poemitas humorísticos que improvisan, en los que se invierten los papeles sociales, y, por una vez, embroman a los amos de los rebaños que cuidan. Los asistentes a la misa, reunidos en el pórtico, esperan con expectación estas comedias y la reacción del embromado, que está obligado a sonreir y dar el aguinaldo, mayor cuanto mayor haya sido la agudeza del poema, que generalmente no excede de los cuatro versos.

Los pastores, sabedores de que nadie puede entrar en “su” círculo mágico, se superan entre sí en ingenio, y van hincando el aguinaldo – morcillas, chorizo, tocino, algún dinero-, en la horqueta, apero de labranza parecido a un enorme tenedor con tres dientes, que simboliza en esta fiesta el “tenedor” del Diablo y generalmente está pintada y engalanada para la ocasión.

Cuando han terminado con los amos, comienzan con las mozas: a una señal de uno de ellos, salen todos corriendo del Círculo armados con los rodracos, varas curvas que se utilizan para sacar el pan del horno, ennegrecidas de ceniza y mojadas en el río para que manchen, y corren detrás de las mozas para tiznarles las medias (blancas). Ya por la tarde, dos de ellos, vestidos de blanco y con cencerros en la cintura, se uncen a un arado del que tira un tercero vestido de la misma guisa, y la fiesta acaba comiendo el aguinaldo en buena compañía –un generoso barril de vino- en cualquier pajar prestado.

La fiesta de Año Nuevo en Lucillo:
La fiesta de Lucillo dura varios días, que están “especializados”: En Nochebuena, salen las mozas por las casas, pidiendo el aguinaldo, que después juntan y comen, con tamboritero y baile, en una cuadra o un pajar, esa misma noche.

La víspera de Año Nuevo es el turno de los pastores, a los que se han unido algunos mozos juerguistas: van cantando, a veces por todas las casas, a veces sólo por la casa de los importantes (maestro, boticario, ganadero rico), la copla de los pastores reproducida antes, u otras de petición.

Su vestimenta combina elementos del pastor (los inevitables cinturones de cencerros, con los que dan grandes saltos para que suenen) con caretas de piel de carnero, pintadas o ahumadas, y gorras negras de zanfarrio adornadas con picos que semejan la piel de un erizo, guardadas ambas de un año para otro. Van recogiendo el aguinaldo en la horqueta, con el que luego harán una fiesta similar a la de las mozas.

La víspera de Reyes les toca el turno a los mozos: han elegido previamente, por votación un “juez”, que se encargará de poner “multa” al mozo que abandone la ronde de petición del aguinaldo antes de que acabe, y un “depositario” para llevar las cuentas.

Como son cincuenta o más los mozos del pueblo, la fiesta será sonada: a escote, o con los duros que den los vecinos rumbosos, comprarán un carnero o una ternerita, y lo guisarán en alguna cuadra prestada, con buen vino y el resto del aguinaldo (chorizos, tocino, tortilla), para abrir boca antes del guiso. Tampoco faltará el tamboritero para hacer baile mientras quede vino.

Y, como una ternera da para mucho, la fiesta se prolonga, casi todos los años, durante tres días; primero la carne fresca, luego los chorizos y morcillas, hasta que se agoten las existencias, que ya no hay más baile hasta Carnaval.

Extraído de “La Maragatería” de Isabel Botas San Martín 1993

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