Brujería en la Maragatería

Grabado de la ejecución de la pena de una bruja. El verdugo parece ser un maragato: calza polainas, lleva bragas y la chaqueta tiene el corte de la armilla maragata.

Por Alfonso Turienzo Martínez

Seguro que en más de una ocasión, sobre todo de pequeños, hemos oído hablar de las brujas como mujeres malvadas que se comían a los niños crudos y que volaban montadas sobre una escoba; pero, probablemente, nunca nos hemos planteado hasta qué punto estas supersticiones pueden ser verídicas. Lo cierto es que están ahí y tanto la historia como las tradiciones de cualquier país de Europa dan testimonio directo de ellas.

El término brujo o bruja es un término ambiguo, ya que con él se designa tanto al curandero como al individuo que rinde culto a los poderes infernales e incluso al practicante de las diversas “mancias” o artes adivinatorias. Sebastián de Covarrubias define así a los agentes de la brujería:«Bruxa, bruxo, cierto género de gente perdida y endiablada que, perdido el temor a Dios, ofrecen sus cuerpos y sus almas al demonio a trueco de una libertad viciosa y libidinosa, y unas vezes causando en ellos un profundíssimo sueño les representa en la imaginación ir a partes ciertas y hazer cosas particulares, que después de despiertos no se pueden persuadir, sino que realmente se hallaron en aquellos lugares, y hizieron lo que el demonio pudo hazer sin tomarlos a ellos por instrumento. Otras vezes realmente y con efeto las lleva a parte donde hazen sus juntas, y el demonio se les aparece en diversas figuras, a quien dan la obediencia, renegando de la Santa Fe que recibieron en el Bautismo, y haziendo […] cosas abominables y sacrílegas» (1).

Lo primero que debemos tener en cuenta es que en cada comarca, incluso en cada pueblo, se suele hablar de las brujas de forma distinta, pero en líneas generales suele ser una pobre mujer que, en muchos casos, vive sola, apartada del pueblo, entrada en edad y que por enfermedad o descuido olvida acudir a misa los domingos. Los vecinos, propensos a una mentalidad rural poco formada, enseguida le cuelgan el “sambenito” de bruja y la acusan de todos los desastres que acaecen en la localidad, tales como la pérdida de cosechas, enfermedades del ganado, etc.

En muchos pueblos leoneses, sobre todo las personas mayores, recuerdan aún las habladurías y temores contra el llamado “mal de ojo” de las brujas, que es una especie de conjuro que sirve para causar daño al prójimo. Por “mal de ojo” se entiende comúnmente la influencia negativa que ejercen algunas personas, sobre todo las brujas, sobre otras personas, animales, cosas y actividades. Las causas que provocan este mal son la envidia, el odio, los celos, el mal querer, la mirada intensa y el halago excesivo hacia los niños.

En Morales del Arcediano, pueblo cercano a Val de San Lorenzo y a la conocida ciudad de Astorga, se recuerdan remedios contra el mal de ojo, siendo el más corriente el de proteger a los niños con una cédula bendita de tela o escapulario que se decoraba con escamas de pescado haciendo un dibujo en forma de flor; dentro de éstas figuraban unos salmos en latín que se imprimían en una imprenta de Astorga. Algunos atribuyen el éxito de estas hojas de papel impresas a la figura de San Caralampio, abogado protector contra las brujas. Este mismo remedio de la cédula –también llamada nómina– se ha empleado en Astorga, el Páramo, Valdería, Valduerna y La Bañeza. En otros lugares para librar del mal de ojo a los niños se les colgaba al cuello un coral enganchado a un cordón o una figura de azabache negro en forma de mano o de cuerno, etc., llamada higa. En Valderas se creía incluso que el mal de ojo podía sufrirlo la criatura antes de nacer, provocando con ello el aborto. El hecho de que se prestara especial cuidado en proteger a los niños se debía a que eran éstos el objeto directo de este influjo maligno, cuyas consecuencias directas eran las del enflaquecimiento (anemia), la tristeza y la contracción de enfermedades que llegan a provocar la muerte. Dos refranes castellanos corroboran este aserto: “El niño murió: reventado sea el ojo que lo aojó” y “Brujas y hechiceras, malas para los niños: ¡fuego con ellas!”.

Es frecuente encontrar en la comarca de la Maragatería losetas con unos dibujos de cuatro o seis pétalos, que se colocan en las entradas de los establos y de las casas para preservar a las personas y a los ganados de las males artes de las brujas. En realidad estas losetas no son otra cosa que estelas funerarias que los romanos grababan en las lápidas de sus tumbas.

Un caso concreto y real de hechizamiento o mal de ojo lo contaba Carolina Geijo en Val de San Lorenzo: decía que había una vecina del pueblo a quien se le enfermó un caballo; la mujer decidió entonces llevar el animal a un curandero, y éste dijo que el caballo estaba embrujado por una vecina que la quería mal; podía saber de quién se trataba porque en el lomo del caballo aparecería la inicial del nombre de la bruja. Al parecer así fue: se trataba de la ti María. Posteriormente este mismo caso fue recordado por su hija Dolores de esta manera: había una señora hombruna en Val de San Lorenzo, cuyas caballerías empezaron a morir “de torzón” y porque no orinaban. Dos cabalgaduras había ya perdido, y a la otra poco le faltaba, cuando fue a ver a una bruja que había en Espadañedo para que le resolviera el problema. La meiga le dijo que todo aquello se debía a un conjuro que había hecho una vecina amiga suya, también bruja, que le había echado, por envidia, el mal de ojo a los animales, puesto que éstos seguro que tenían una “M” marcada en el anca, y que el nombre de esta vecina empezaba por la misma letra. También le dijo que en el camino de vuelta se encontraría con ella, la saludaría amablemente y conversarían las dos al llegar a su casa. Le indicó que fuera a la cuadra y mirara junto a la pata del animal, donde había grabada una “M” inicial del nombre de la bruja y causante del maleficio. Dio la casualidad que por el camino de Santiagomillas, la maragata se encontró con una vecina suya que andaba limpiando la huerta de hierbas, llamada María, y la saludó. No esperó más. Allí mismo le sacudió tal paliza que la dejó medio muerta de golpes con el estoque. Poco después se la encontró ensangrentada, muriendo a los pocos días de la paliza recibida. ¡Y seguro que ni era bruja ni nada, pero la otra lo creyó y le dio de golpes con la fusta!.

Pero de todos los relatos que contaba mi abuela Dolores, el que más le revolvió el sueño y las sopas de ajo que tomó antes de acostarse un día, fue el del mesón en el día de Nochebuena. Un padre y una hija bruja llegaron a Val de San Lorenzo el día 24 de diciembre de año incierto y pararon en el mesón del pueblo. Los hombres que allí se encontraban le vieron cara de bruja a la hija y comenzaron a contar historias de quemas de malas mujeres en el centro de la plaza. Ella que los escuchaba preguntó al padre si ella había de ser bruja, que no lo era, dónde había de esconderse para que no la atrapasen. «En el palleiro», dijo el viejo, y allá fue a esconderse la moza, mientras que los hombres del pueblo, que sospechaban de ella, prendieron fuego al pajar y la quemaron viva.

 Hay datos de aquelarres en Val de San Lorenzo, donde las “meigas” –ya sabemos que «haberlas, hailas»– danzaban con el “meigo Andrés” todos los jueves por la noche en el rigueraval, entre Val de San Lorenzo y Valdespino de Somoza; danzaban en torno a la hoguera y hacían el “ijuju”. Esa noche nadie se atrevía a salir de casa, pues andaban las brujas en facendera, según relataba Carolina. Su hija Dolores decía que, al anochecer de los martes y los viernes, las brujas y meigos del pueblo se reunían en el cascallal para bailar, y tal era la credulidad de los vecinos que decían verlos desde las casas.

En Foncebadón se levanta la famosa Cruz de Ferro, testigo de los aquelarres que se celebraban antaño en las cercanías de una fuente los treinta de abril de cada año, día de San Felipe. Esta misma fecha marca los aquelarres del Valle de Veiga del Palo, pueblo de la comarca de Laciana en el que existe una fuente de las brujas. También hay noticias de aquelarres de brujas en el pueblo de Grulleros, en cuyas afueras tenían lugar estas reuniones los viernes por la noche.

No obstante, para saber si una mujer es bruja, no basta con la mera sospecha. Una fórmula empleada en el Páramo leonés para saber si una mujer era bruja consistía en echar un garbanzo en la pila del agua bendita de la iglesia; en este caso la bruja saldría la última del templo.

César Morán afirma que en Quintanilla de Sollamas «sucedió que un hombre notaba que la cuba de vino que tenía en la bodega disminuía rápidamente, sin poder averiguar la causa, teniéndolo todo, como lo tenía, bien cerrado. Hasta que una noche oyó gran algazara dentro. Escuchó y cantaban:

Por encima de paredes
y por debajo de sebes,
a la cuba de Fulano
me llevedes.

Era un corro de brujas que penetraban por el agujero de la cerradura, con el fin de catar el vino, que, al parecer les gustaba mucho» (29). También en algunos lugares de la provincia existía la creencia de que las rachas de viento que entraban en las casas eran corros de brujas (30).

En la comarca de Maragatería se cuenta que el tío Barrigas –anciano sin hijos y con la mujer enferma, a la que procuraba socorrer con caldos de gallina – un día, después de hacerle el caldo a su esposa, vio que la carne de gallina había desparecido. Esto se repitió varios días, hasta que una noche oyó un ruido misterioso dentro de la casa. Se puso al lado de la gatera, tapando el orificio con un saco y logrando, de esta manera, atrapar un gato negro. Lo estaba golpeando contra el suelo cuando desde dentro del saco salió un grito: «¡No me golpees más, tío Barrigas, que no lo volveré a hacer nunca!». Se trataba de la tía Pardala, que era meiga y se dedicaba a hacer incursiones de noche por las casas del vecindario en forma de gato.

Según contaba mi abuela Dolores, en Val de San Lorenzo se creía que, si en una cocina entraba un gato y la dueña de la casa le pegaba para que se fuera, si éste no era de casa, al día siguiente quien había atizado al gato miraba a sus vecinas para ver si llevaban la señal. En el caso de que alguna de ellas se hubiera dado un golpe más o menos en el sitio que lo había recibido el gato, estaba claro que aquella persona era una bruja que se había vuelto gato para entrar en una casa y, a partir de ese momento, quedaba señalada como bruja. Dolores recuerda que, cuando era una niña, había una señora, la ti Juana, que vendía caramelos y dulces para niños en su casa, y que era tenida por bruja, «por lo que nadie quería ir, pero las niñas ricas del pueblo, que disponían de una perra para comprarse una barra de aquellas de caramelo, me dejaban comer un cacho si iba yo a comprarla, y claro que iba, pero sin osar meter la mano para coger un caramelo de los que estaban en la ventana, mientras bajaba de la planta alta la supuesta bruja, porque parecía que la bruja siempre te miraba, aunque no estuviera contigo»

Aunque menos extendida, interesa también la creencia en ciertos diablos, que viven parásitos de las personas y actúan como si fuesen antiángeles de la guarda. Tal es el caso de los diablos o espíritus de las nubes, también llamados reñuberos, riñoberos o ñublaos, a los que generalmente se considera malignos. En Maragatería se cree que caen de las nubes con las tormentas, adoptando forma humana para hacer mal de ojo. Existen numerosas leyendas que narran encuentros con estos personajes.

En la mentalidad popular se asocia la figura de la curandera con la brujería; de esto da prueba un artículo de César de la Rosa, publicado en la revista Estampa en 1936, en el que, hablando del filandón en Maragatería, dice:

A veces, una emoción o el trabajo excesivo hacen rodar por el suelo, alfombrado de bálago fresco, a alguna de las mujeres que cae desmayada. Entonces, si el “vinagre para los pulsos” no basta para volver en sí a la desmayada, se recurre a la oración, que pronuncia enfática la meiga, esa bruja a quien temen, ¡todavía!, en tantos pueblos castellanos, gallegos y satures, que dice así: «En nombre del Padre, e del Hijo, e del Espíritu Santo: tres ángeles que iban por un camino encontraron a Nuestro Señor Jesucristo. ¿A dónde vais acá los tres ángeles? Acá vamos al monte Olivote, y yerbas y ungüentos cortar, para nuestras cuitas y plagas sanar. Los tres ángeles allá iredes; por aquí vendredes; pleito y homenaje me paredes, que por estas palabras precio non llevaredes, excepto aceite de oliva y lana sebosa de ovejas vivas. Conjúrote, plaga o llaga, que no endurezcas ni lividinezcas por agua ni por viento, ni por otro mal tiempo, que ansí hizo la lanzada que dio Longinos a Nuestro Señor».

Un tipo de curandero específico es el llamado encañador. Un caso muy célebre fue el de un astorgano conocido como “El Carreto”, cuyo método de curación consistía en tender al enfermo en el suelo, zarandearle y pellizcarle; después le aplicaba unos polvos rojizos cubiertos con trementina y, finalmente, le pegaba estopa en el cuerpo, dejándole casi inmovilizado.

En 1562 está fechado un proceso incoado a Juan de Casasola, ensalmador de Riego de la Vega, que curaba fístulas e hinchazones con ciertos rezos (43). Otro tipo de ensalmador muy particular fue fray Juan, monje astorgano, que se dedicaba a confeccionar cédulas benditas contra diversos males (44).

Conocida es esta plegaria que se rezaba al coger acedas (45) para comerlas. Mis padres recuerdan que, siendo mozos, así lo hacían: antes de comerlas se santiguaban, pidiendo que las hojas no estuvieran malas, ya que se comían sin lavarlas previamente:

Por aquí pasó Dios,
por aquí la Virgen,
si tienen veneno
que me lo quiten.

También es muy popular el conjuro que se hace para curar las heridas:

Sana, sana, culito de rana,
si no sanas hoy, sanarás mañana.

Para curar la ictericia, mi abuela Dolores en Val de San Lorenzo recitaba la siguiente plegaria:

A verte vengo, manrubio,
antes de que salga el sol,
que me quites la (ic)tericia ç
y me vuelvas el color (46).

Si se trataba de motas en los ojos, hablaba de una plegaria que terminaba así:

[…] curáiselos a mi amante,
que los tiene petillosos (47).

Recuerdo que si alguien tenía hipo, lo que hacía la abuela era contar una historia que asustara al que lo padecía y enseguida se le quitaba.

También ha habido rezadores empleados en otras ocupaciones distintas a la salud. En el Valle de Fenar había mujeres que “echaban la oración a San Antonio” para recuperar objetos perdidos. Particularmente familiar me resulta esta costumbre, ya que mi tía Antonia –conocida en el pueblo como Toñica– solía rezar con frecuencia esta oración cuando algún familiar o vecino se encomendaba a ella después de haber perdido algo. También acostumbraba a “echar la oración a San Antonio” cuando alguien emprendía un viaje:

Si buscas milagros, mira:
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados.
Cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre,
gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Ruega a Cristo por nosotros,
Antonio glorioso y santo,
para que dignos así

Oración: Haced, oh Señor, que la intercesión de vuestro confesor y doctor, San Antonio, llene de alegría a vuestra Iglesia, para que siempre sea protegida con los auxilios espirituales y merezca alcanzar los eternos goces. Por Jesucristo Nuestro Señor. Así sea.

En Maragatería la presencia del lobo ha sido frecuente, sobre todo en las frías noches del invierno. Mis padres recuerdan que a un hombre, que se vio atacado por los lobos, se le quitó el habla y tardó en recuperarla. A un tío mío que iba en bicicleta desde Astorga a Val de San Lorenzo le salieron los lobos y lo rodearon; el remedio que utilizó para librarse de ellos consistió en hacer fuego con una mecha, con lo cual los lobos se asustaron y huyeron. También mi padre recuerda otros estragos que hacía el lobo en su pueblo siendo él un mozo: cuando este peligroso animal dañaba a las ovejas, había que matarlas, ya que curaban muy mal. Y en más de una ocasión los lobos atacaron a las caballerías: levantaban la pata para orinar sobre los caballos, y eso era señal de que estaban preparados para atacar y comer. Por eso no es de extrañar que en su pueblo, Lagunas de Somoza, se utilizara este conjuro a modo de romance para ahuyentar a tan temido animal:

A la una alumbra
más el sol que la luna.
Las dos son las dos tablillas
donde Moisés puso los pies
para subir a la ciudad santa
de Jerusalén.
Las tres son las tres Marías.
Las cuatro son los cuatro evangelios.
Las cinco son las cinco llagas
de Nuestro Señor Jesucristo.
Las seis son los seis cirios,
que alumbran de día a los vivos
y de noche a los ofrecidos.
Las siete son las siete palabras.
Las ocho son los ocho gozos.
Las nueve los nueve meses
que estuvo Jesucristo
en el vientre de la Virgen.
Las diez son los diez mandamientos.
Las once son las once mil vírgenes.
Las doce son los doce Apóstoles.

En una entrevista hecha para la radio (RNE) el 19 de noviembre de 1988 contaba mi abuela Dolores Fernández que, siendo ella pequeña, iban al pueblo tres hermanas mayores con un pastor; dos de ellas hilaban a la rueca y la otra hacía calcetín. Uno de aquellos crudos días de invierno dijo: «Tengo frío. Marcho pa’ la cama». Y una de las señoras la increpó diciendo: «¡Dolorines! Fila, c.o.., que te cuento un cuento de brujas». Ante el temor que había a las brujas, Dolores respondió: «Ti Rosa, ya hilo, que no quiero el cuento».

Y sigue Dolores: «Hablando de brujas… No te podías mirar al espejo de noche porque te llevaba el diablo por el moño al rastro. Contaban que una mujer maragata se peinó de madrugada para estar preparada para la fiesta, y después en vez de acostarse quedó de bruces encima de la mesa para no deshacer el moño. Entonces durmió un poco y creyó que se había despeinado, fue y se miró al espejo, y cuando se miró dijo que era el diablo que la había cogido por el moño. Como se había despeinado pensó que había sido el diablo que la llevaba al rastro pa’l infierno. Le pidió entonces que por Dios la dejara, y el demonio le dijo: “Te dejaré si me dices las trece verdades”. Y ella le dijo:

“Las trece verdades te las diré que bien las sé:
las trece verdades,
los doce apóstoles,
las once mil vírgenes,
los diez mandamientos,
los nueve meses,
los ocho gozos,
los siete dolores,
las seis candelicas,
las cinco llagas,
los cuatro evangelistas,
las tres virtudes,
las dos tablas de Moisés
donde puso Jesucristo los pies,
uno y trino por los siglos de los siglos. Amén”.

Y la dejó el diablo. Tenía que decir las trece verdades de mayor a menor. Al final la mujer se murió de vieja, pero el diablo no la llevó. Se dice que las dijo rápidas. Pero… no te miraras al espejo».

También en Maragatería, junto al temor a las brujas y lobos, se ha temido a las tormentas. Por eso se decía esta expresión: “El que no teme a la tormenta, no teme a Dios”. Contra este peligro las mujeres solían encender un cirio –mi madre lo sigue haciendo aún hoy–, que previamente había estado encendido en la tarde y noche del Jueves Santo ante el Santísimo, y que servía de elemento protector. Para estas ocasiones se recitaba la siguiente oración a Santa Bárbara, abogada contra las tormentas: +ç

Santa Bárbara bendita,
que en el cielo estás escrita
con papel y agua bendita;
guarda pan y guarda vino
y a la gente en el camino.

Otras personas, como las de Lagunas de Somoza, rezaban esta oración con características de conjuro:

Válganos la Cruz del cielo,
la Altísima Majestad,
Santa Bárbara bendita,
la Santísima Trinidad.
Válganos Nuestro Señor
en la hora en que nació,
en la Hostia consagrada
y en la Cruz en que murió.

En Val de San Lorenzo las viejas contaban historias de ánimas, como la sucedida al ti Santiago –esta historia la relató Dolores Fernández–, cuando iba montado en la burra con la quilma (el costal) que se le cayó al camino. Bajó de la burra e intentó levantar el saco, pero pesaba mucho y no podía. Invocó a las ánimas para que le ayudaran, ya que al lado se alzaba el muro del cementerio. De la tierra salió un brazo descarnado que tendió su huesuda mano al ti Santiago para ayudarle a levantar la quilma, subiéndola juntos de nuevo a lomos del animal. Muy respetuoso con las ánimas le agradeció el hombre la ayuda y le preguntó qué se le podía ofrecer, si algo le faltaba, contestándole que no andaba muy sobrado de Padrenuestros para la salvación de su alma. A veces en los caminos podían verse calabazas o remolachas huecas con velas encendidas dentro y agujeros en forma de calavera para asustar a los viajeros.

En la provincia de León se habla de casas enduendadas. En Lagunas de Somoza, pueblo de mi padre, se asegura que hay una casa enduendada, conocida como “la casa del duende” o “la casa del ti Tomás Álvarez”. Este caso me resulta familiar, ya que actualmente esta casa es propiedad de un pariente. Mi madre cuenta que, hace ahora cuarenta años y sin saber que se trataba de “la casa del duende”, cuando fue a pasar se le puso “la carne de gallina”. Desde entonces no ha vuelto a entrar en la casa. Hay quien dice que del techo caían monedas de oro, y también que por allí andaban gallinas sin cabeza.

He partido de los testimonios más cercanos de que dispongo, los de la propia familia y los de la comarca de la Maragatería, que es donde tengo mis raíces, para luego acercarme a otros lugares próximos y a otros temas supersticiosos, como el de los duendes y trasgos o las “ánimas en pena”. No se trata, ni mucho menos, de un trabajo exhaustivo sobre esta materia, pero considero que la diversidad de datos y testimonios encontrados acerca de las brujas y que he recogido aquí es suficiente como para pensar que este tema traspasa el ámbito del cuento popular y nos acerca a una realidad, o al menos a una superstición.

Resumen del trabajo publicado por Alfonso Turienzo Martínez con el título “Brujería Leonesa” en la revista Folklore nº 294, año 2005.

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