Las siete vidas de los maragatos

Por Jesús Torbado

Nevaba más en otros tiempos. Los ondulados campos, pobres y ateridos, aguardaban las aguas fecundas de la primavera y las semillas que las mujeres iban a depositar en ellos, cuando sus maridos seguían tan lejos, como siempre. Los habitantes de Rabanal del Camino no han olvidado aún las antiguas tradiciones y cada primer día del año practican los maragatos de allí una religión que ahora suele considerarse folklore y que, incluso sin serlo
propiamente, llaman “Fiesta del Arado”. Es en realidad un fingimiento, nada más que el cultivo de ancestrales memorias. Pues, cuando ya apenas se siembra, ¿qué sentido tiene sembrar cenizas?
Tres mozos vestidos de piel de oveja y cubierto el rostro por una máscara, con cencerros colgados del cuerpo, van tirando de un arado que abre surco sobre la nieve. Los guía un tipo extraño y diabólico que llaman el birria, con un largo palo del que cuelgan torreznos y
chicharrones. Completan la procesión, a su lado, dos mujeres a las que suelen llamar la princesa, a la una, y la pobre a la otra, escoltas simbólicas de lo que puede haber de alto y de bajo en toda condición humana. Abre la reja del arado el estéril vientre de la nieve caída sobre la plaza, en los surcos vierten puñados de cenizas, mientras el pueblo todo asiste a la extraña ceremonia.

En otros pueblos de la alta Somoza, es decir, en lo que suele llamarse hoy Maragatería, practican de modo parecido esta vieja liturgia, aunque suelen mudar de apodo a los oficiantes de la misma.
En Andinuela, por ejemplo, el birria lo visten completamente de blanco y lo llaman, claro, el blanquillo. Han venido antropólogos de muchos mundos y han dejado escrito que este rito es propio de los astures primitivos, de hace dos o 4.000 años y que tiene el carácter de asegurar las cosechas y la fecundidad de los animales de vientre. Y ello sin que la ganadería y la agricultura hayan sido los rasgos más propios del pueblo maragato, viajero, migrador y mercantil como ningún otro de los que se asientan en España. Eso sí: guardador respetuoso y fiel de viejísimas costumbres que, en más de una vez, han traído de cabeza a esos dichos estudiosos.

Esas costumbres que se perdieron en otras partes, las que son comunes a otros pueblos como la siembra de cenizas, o las que parecen exclusivas suyas, son las que atraído desde hace siglos la atención de los viajeros curiosos y de los científicos. Hicieron aquellos retratos de sus atavíos, de sus rostros, de sus trabajos; compusieron éstos docenas de libros, errados muchos de ellos, tratando de saber por qué eran como eran, de dónde venían, qué los mantenía unidos y aislados y qué razones tenían para ser como eran.

Ahora mismo, naturalmente, no es fácil encontrar en ninguno de los 44 pueblos maragatos, aldeas la mayoría que se agrupan en ocho ayuntamientos, a hombres con las amplias bragas de raso negro sujetas por cinta de colorines y leyenda grabada y a mujeres con sus
abundantes y ricos trajes, salvo que se trata del caso de una boda, y aun ésta, muy especial; ni siquiera puede uno ver en los difíciles campos que caen de la falta del monte Teleno burros y machos pastando en espera de ser enganchados a las galeras y lanzados al
transporte por los caminos de media España. En Val de San Lorenzo, que es una de las poblaciones más ricas, tanto que se ha llenado de casas modernas más bien feas, casi todos se dedican a tejer abrigadoras mantas y tupidas alfombras, con mucho éxito comercial en las tiendas de artesanía. En otros siguen hundidos en una agricultura avara y corta o malamente se sostienen sus habitantes fijos con modestos negocios.

Las calles misteriosas de Santiagomillas, como las de Castrillo de los Polvazares, que son las más famosas, están vacías en invierno. Con el buen tiempo llegan algunos de los que se fueron a poner pescadería a Madrid, a estudiar a la Universidad de León o a hacerse ricos en la Patagonia. Aparecen también algún viajero curioso y enseguida asombrado, los peregrinos que suben a Santiago por el puerto de Foncebadón, en el camino clásico, pandillas de glotones que se burlan del colesterol y quieren probar en su cuna una de las comidas más abundantes y bárbaras que se hayan ideado nunca, el cocido maragato, con sopa de fideos, de pan o de arroz, tan espesa que puede mantenerse erguida en ella la cuchara de palo, como último plato, los garbanzos en el intermedio, y con un primero integrado por diez clases diferentes de carne, a saber chorizo, tocino, morcillo de vaca, relleno, gallina, oreja, pata, pizpierno, morro de gocho y cecina de vaca. Vacíos están también, la mayor parte del año, los caserones de piedra dorada con su entrada en arco de medio punto, la medida justa del carro del arriero, cerradas quizás las ventanas que suelen dar a un patio interior, en donde se desarrollaba antes lo mejor de la vida y crecen ahora verdines.

La aparición del ferrocarril, hace algo más de un siglo, acabó con el modo principal de ganarse la vida que desarrollaban los maragatos desde al menos cinco siglos antes, pero eso no quiere decir que acabase con ellos, con sus costumbres y hasta sus misterios. Ahora, la Maragatería, tierra esteparia situada casi en el centro geográfico de la provincia de León, y por tanto en el centro del antiguo reino del mismo nombre, vencida un poco a poniente, es una región modesta, poco desarrollada y sobre la que pende además la amenaza de un campo militar de prácticas de tiro que se ha abierto en su lado sur, en las laderas del monte-dios mítico y prehistórico de la región, el Teleno, cubierta de nieve casi todo el año sus cresta cónica y azulada, a 2.188 metros de altura.

Son 44 pueblos, ya se ha dicho, aldeas ya la mayor parte.

Tradiciones que no aclaran sus origen incierto

Unos 400 kilómetros cuadrados de mala tierra y fría, desapacible, alegrada apenas por un río enjuto llamado Turienzo, que da al Tuerto y luego al Órbigo y finalmente en el Esla, y otros arroyos de más humilde consideración. No deben de vivir allí ahora ni 15.000 personas, pues la que suele considerarse con claras y sobradas razones capital de la Maragatería, Astorga, aunque lo es civilmente y por estrecha proximidad, tiene historia aparte, y muy rica también.

En estos pueblos malparados de Somoza (o Submontia, es decir, de bajo los montes) es donde se ha desarrollado la contradictoria vida de un pueblo a la vez cerrado y abierto. Sigue siendo tal por fidelidad a uno de sus rasgos más propios, la endogamia: el maragato, esté donde esté, perdido en los caminos o al otro lado del mar, buscar mujer entre los de su raza. Tal vez no muy comúnmente ahora, pero así ha sido durante siglos. Y ello no por ansias de aislamiento o por un sentimiento de autodefensa, que nunca habría resultado necesario al no haber sido pueblo perseguido, sino “por el orgullo de raza, la creencia de una superioridad sobre otras tribus vecinas, el deseo de evitar la confusión de sangre y el mantenimiento de la pureza de la misma”, según han escrito Lubbock y Westermarck.

Esta endogamia mantenida durantes miles de años y los otros peculiares rasgos de carácter, así como sus singulares costumbres, son los que han atraído la curiosidad, y desde hace mucho, sobre los maragatos.

¿De dónde proceden? Generaciones de investigadores han ido haciendo tabla rasa sobre los trabajos de otros. Ahora parece confirmarse la teoría de que se trata de un pueblo púnicosemita y astur primitivo, aunque se discuta cuanto tenga de uno y de otro. Sobre el nombre no hay dudas, aunque no tiene una antigüedad de más de seis o siete siglos: maragato es la derivación de mericator, mercador, mercader, actividad principal de esta gente casi desde que se tiene noticia de ella.

Pero la gente es anterior al nombre. El sentido sacerdotal de sus ceremonias tradicionales, las formas de sus vestidos, sus costumbres y otros datos muy sólidos vienen a demostrar que, con toda probabilidad se trata no de antiguos beréberes o egipcios, como se ha dicho, sino de fenicios o más bien judíos llegados al lugar antes de la conquista de Roma y quizás para explotar los yacimientos de oro que entonces eran allí muy ricos o para comerciar con este metal. Esos emigrantes se vincularon de modo muy estrecho a alguna tribu celta-astur primitiva, reacia a la romanización y que aceptó el monoteísmo semita sin abandonar por ello una cierta veneración a sus dioses más antiguos.

Sin ocupar una zona aislada, sino todo lo contrario (abierta y cruzada por vías romanas primero, por el Camino de Santiago después, cuyo tránsito no se interrumpía ni de día ni de noche, en el paso natural y frecuentado entre Galicia y la meseta), quisieron mantenerse separados en medio de ese tráfago. Tuvieron siempre vocación nómada y caminera y hasta hicieron de ella su oficio, la arriería, y ahora mismo los maragatos están diseminados por docenas de ciudades españolas y pueblan incluso muchas americanas, especialmente de la Patagonia argentina y del Uruguay, en donde los gauchos aún continúan vistiendo el mismo pantalón o bragas de los maragatos. Han sido negociantes experto, como los judíos; el hombre es una especie de señor feudal de la familia como en Oriente, y diversas prendas de sus trajes, los masculinos y los femeninos, son iguales que las hebreas: el caramiello de las casadas o gran mantón para cubrirse el pelo, el justillo o chaquetilla que llaman casó las seguidoras de Yavé, la forma sacerdotal de tocar las castañuelas y la melodía de la chifla…

Aislados sí, pero nunca malditos, como otros raros pueblos de la península lo han sido. Nada de ver con los astures vaqueiros de alzada, herméticos y escondidos en su montañas, con sus primos los pasiegos de Cantabria, con los agotes navarros, con los jurdanos o los brañeros de Cáceres. Nunca los maragatos fueron discriminados o despreciados, sino todo lo contrario. Pocos grupos humanos españoles han merecido tanto respeto e incluso admiración. Claro que se lo ganaron a pulso. Esa admiración tuvo incluso reconocimiento popular en varios relojes municipales en los que aparecen muñecos de una pareja maragata para golpear las campanas. El más famoso de ellos es, naturalmente, el de Astorga, con Colasa y Juan Zancuda al martillo horario.

También ellos se sintieron siempre orgullosos de lo que eran: es la maragata gente noble, leal y valiente, suele leerse en sus lazos, cintos y adornos. Esas virtudes forman también parte de su tradición. Nada había más sagrado entre el oficio mercantil que la palabra del maragato y así se recoge en innúmeros documentos y relatos. En cuanto a valentía, decíase que un maragato se dejaba antes matar que entregar el porte que llevaba y aun después de
muerto defendía su cuerpo. Claro que no era habitual tal ataque de bandoleros: se creyó siempre que los arrieros de la Somoza tenían pactos secretos con ellos.

Hay noticias, mediante privilegios de aduanas y exención de “derecho de puertas”, de la industria de la arriería entre maragatos desde hace al menos siete siglos. Con recuas de ocho a once machos muy lúcidos trajinaban por los caminos de toda la mitad norte de España, sobre todo entre Galicia y Madrid. Con base en el pueblo de cada uno, transportaban vino, jamones, cereales, bacalao, quesos, paños de Béjar, cualquier cosa que se le encargara. Eran hasta dos veces más caros que otros arrieros, pero también triplemente honrados y seguros.

En los caminos estrechos obligaban siempre a que se apartara el otro. En el Camino de los Maragatos, entre La Coruña y Madrid, nunca era necesario, porque tal camino tenía hasta 40 metros de anchura. El arriero dejaba en su pueblo a la mujer, que se ocupaba de los niños, del ganado y del cultivo de la tierra. La mujer hace en León del hombre la obligación, decía el refrán. Durante meses, el marido recorría los caminos, serio y flemático, con su gran sombrero a veces con borlas episcopales, sus bragas, sus polarinas, las garnachas o largas melenas caídas sobre la nuca y su tralla en la mano, que en la Maragatería se imponía, junto al cinto, como símbolo de raza y oficio a los que traspasaban la adolescencia. A la vuelta, con el dinero de cada viaje, el hombre podía comprar otra finca en su territorio.

El vendedor de biblias Geogre Borrow, que los encontró en tantos caminos, decía que eran “de fuerza atlética, facciones generalmente correctas; hablan con lentitud y lisura…, con dificultad se encolerizan pero son peligrosos y extremados si alguna vez se incomodan”. El padre Flórez escribía en 1762 que “son gentes dadas al comercio de la arriería en la que guardan notable fidelidad”. “Rara vez se les veía reír y nunca cantaban como lo hacían los demás arrieros”, añade el padre Sarmiento. “Inteligente, activo y sufrido –escribe Richard Ford-. Resiste el hambre y la sed, calor y frío, humedad y polvo, trabaja tanto como su ganado y nunca roba ni le roban; es puntual y honrado; de nervios de acero, típico en el traje, formal, serio…”. Pasaban graves y sin prisa, “tan serios, de cara cuadrada, rechonchos, sanguíneos, siempre al mismo paso que sus mulos, que no paraban para nada ni para nadie”, dice Archer M. Huntington.

Tipos exóticos, ciertamente, incluso para la exótica España de su época dorada, en los siglos XVIII y XIX; protagonistas de los relatos, de todos los viajeros románticos. Incluso Doré vino a pintarlos.

Todavía a principios de este siglo Concha Espina escribió su conocida novela La esfinge maragata, situada en Castrillo, aunque quiso describir más sus costumbres que su oficio de arrieros. Primero a lomos de mulos (machos siempre), luego en carromatos o galeras, para lo que tuvieron que adaptar las entradas a las casas, los mismos monarcas les encargaban el transporte del oro de la India y de las alcabalas recaudadas, pues se fiaban más de ellos que de los mismos ejércitos. Uno de los maragatos más célebres, cuya preciosa casa solariega está aún abierta en Santiagomillas, se arruinó con el transporte de tuberías para el Canal de Isabel II, porque había dado un precio a la reina y la fuerte subida de la
cebada encareció luego los viajes. El no quiso faltar a su palabra primera, aunque hubiera podido hacerlo. Este hombre, Santiago Alonso Cordero, el “Maragato Cordero”, sostuvo durante más de 20 legislaturas su acta de diputado por Astorga y fue un personaje muy famoso en el Madrid de su época, a cuyos salones asistía siempre ataviado con su traje típico. Cuenta Galdós cómo pidió un día autorización para pavimentar el patio de su casa con monedas de oro y cuando le dijeron que sus visitantes pisarían entonces la efigie de la reina y el escudo de España, decidió entonces que las colocaría de canto 8cosa que no pudo hacer, desde luego, porque el oficio de arriero no daba como para archivar de canto las onzas de oro).

A ejemplo de sus paisanos, Cordero, político liberal con cara de obispo, exhibió siempre en la capital su orgullo de maragato, con sus ropas tradicionales y su forma de hablar un poco gutural.

El ferrocarril no había arruinado todavía a los maragatos ni lo había diseminado en una diáspora nacional, aunque ya entonces poseían casi el monopolio de pescaderías de Madrid y de otras plazas, en donde muchos de ellos siguen. Mantuvieron vivas, no obstante, las más brillantes de sus costumbres y liturgias.

Hasta no hace mucho incluso practicaban la covaba de las que hablaron Estrabón y Plinio, un uso astur según el cual es el marido el que permanece en la cama después del parto de su esposa, como muestra de las prerrogativas y deberes de la paternidad.

En una sociedad cuyos varones adultos pasaban la mayor parte de la vida fuera de casa, la familia ha sido un elemento esencial. Las ropas de gala se guardan en arcones de nogal y se han transmitido de una generación a otra, y por orden de jerarquía. Esos trajes no sólo eran y son ornamento, sino sobre otro símbolo. La liturgia de la boda, en la que se desempolvan esos vestidos luminosos y riquísimos, es donde se reúnen los valores biológicos y morales de los maragatos.

Se trata de una ceremonia muy compleja y larga, con sus tornabodas. Después de la llamada comunal del tamboritero, el cortejo del novio acude bailando al son del tambo y de las castañuelas a la casa de la novia, en la que ésta ha sido vestida según largo ritual. “Venimos a cumplir la palabra empeñada”, dice el padrino entre los largos parlamentos. Hay bendiciones de los padres, canta el coro de mozas de caldo (“el cordón de oro torcido no se puede destorcer…”) y después se dirigen todos a la iglesia (“tengan hijos a docenas y a centenares los mulos”); a continuación vienen los banquetes con las copiosas comidas típicas. Luego, por la tarde, el baile y algunas de estos bailes –el de La Peregrina, por ejemplo- hunden sus ritmos y sus palabras en tiempos muy remotos, con fuerte integrante medieval.
También Estrabón hablaba ya del brinco o zapateta que el hombre da ante las mujeres. No son estos bailes una diversión sino una religión: “Aquella muchedumbre baila y reza”, escribía el poeta Pérez Benito.

Tanto estas bodas rutilantes como otras ceremonias propias de los maragatos, al igual que su manera de vivir a lo largo de los siglos, al mismo tiempo separados y unidos a una sociedad cambiante, es el misterio auténtico de que se han visto rodeados. No se ha perdido aún la atmósfera de lo sagrado en esas liturgias de la vida cotidiana, y la presencia del imponente Teleno que cobija esos pueblos mágicos y pobres es como la mirada de un dios que se ocupa esforzadamente de que no se extinga su pueblo elegido.

Jesús TORBADO

(Revista “GEO”)

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4 respuestas a Las siete vidas de los maragatos

  1. Angel del Valle dijo:

    Jesús Torbado :

    Discrepo totalmente en cuanto al origen o procedencia que nos atribuyes, no creo que seamos en nada judíos ni bereberes según se a demostrado en muchas cosas y te menciono algunas : por ADN Mitocondrial de los Maragatos(http://www.telefonica.net/web2/referfer1/turi8a14.htm) el traje del maragato es igual que el Breton frances , la braga es una prenda celta, las costumbres , como la cobada o los ritos como el que mencionas de Andiñuela, la arquitectura o el folclore es todo celta Astur similar a los Cantabros , Galaicos o cualquier pueblo del norte, anterior a la romanización.
    ¿ el porque del nombre maragato? los términos Marc-Hekaat o Mar-kaat los empleaban los celtas como sinónimo de cabalgar ,marc`h significaba en aquel lenguaje caballo.
    ( http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=3200 ) por lo demas estoy en muchas cosas de acuerdo y me gusta tu trabajo.

    • maragato dijo:

      Hola Angel.

      Este artículo fue escrito por Jesús Torbado en la revista “GEO” y no se si tendrá la oportunidad de ver tu respuesta.

      En cuanto al origen de la palabra “Maragato” existen decenas de teorías, muchas de ellas descabelladas. Pero te diré que el origen de este término no es tan antiguo pues se empezó ha utilizar en el siglo XVII. No quiero entrar en cual es el verdadero origen del término maragato pero si hay una teoría curiosa hacia la que me inclino: los arrieros maragatos tenían la costumbre de abrigarse con unas mantas de muchos colores. A los gallegos esta prenda les recordaba a la “maragota”, un pescado con el que los arrieros trajinaban entre Galicia y la Meseta y quizas por esta razón les pusieron dicho mote.

      Como diría Ockham, muchas veces la repuesta más sencilla es la correcta, pero seguramente nunca sabremos cual es la verdadera.

      Un saludo. David A. Fdez.

  2. Angel del Valle dijo:

    En el comentario anterior no quise decir, rito de Andiñuela sino el de “Fiesta del Arado”

  3. Jose Angel dijo:

    Si David, hace mucho tiempo que conozco ese pez que se llama “maragota ” tambien se le llama asi en camtabria, y que algunas veces yo mismo he pescado es un pez de roca de color algunas veces como verde y otras como marron en los dos casos con pintas de colores tambien a un cangreo negro que no es comestible algunos le llaman maragata y otros mulata , tambien me llamo mucho la atencion el nombre pero no creo que sea primero el nombre del pez o del cangrejo que el de los maragatos , para mi que le pusieron ese nombre al pez o al cangrejo despues de conocer a los maragatos .Está muy extendida la idea de que la forma maragato es relativamente reciente (siglo XVII), un testimonio en el CODOLGA que demuestra que no es así: “Petrus Fernandi armiger dictus Maragato”, año 1275, Oseira. En Codolga, en Tumbo de Celanova, se refiere a “tierras de Mauregato”
    Leer más:
    Etimología de Maragato http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=3200#ixzz1Y4HEEO73

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