Maragatos en un periódico literario portugués del s.XIX (II)

En esta segunda entrada recogemos otro artículo sobre los maragatos publicado en “O Panorama” seis años después del primero. En la publicación de este artículo tuvo mucho que ver el “Semanario Pintoresco Español” que sacó a la luz un trabajo del Gil y Carrasco sobre los maragatos.  El artículo portugués del 24 de febrero de 1834  recogió buena parte de la información del autor berciano.

A diferencia de la primera publicación, en la segunda de 1834, una imagen acompaña el texto. Se trata de un grabado de Félix Batanero, un xilógrafo que trabajó fundamentalmente para el “Semanario Pintoresco Español” y para el “Museo de las Familias”. La imagen encabeza el texto y refleja una boda maragata con la vestimenta de la época.

 “LOS MARAGATOS. TRAJES y NOVIAZGOS DE ESTA TRIBU INCORPORADA A LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA”
“O Panorama”,  volumen 2º de la 2ª serie, 4 de noviembre de 1843, paginas 345-346

<< Si no hubiésemos hablado de los maragatos, dando la necesaria noticia en la página 174 del volumen 1, trataríamos ahora más despacio de esta casta singular que, no obstante sentar sus reales en los confines de Castilla en los montes de Astorga casi a la vera de dos caminos uno real y otro muy frecuentado, no obstante mantener un tráfico activo y continuo con diversas provincias de la península, ha conservado intacta la herencia de las costumbres, creencias y orden social de sus antepasados. Distintos en España, como los judíos y gitanos por toda Europa, llevan sobre éstos ventaja si se les considera moralmente. Sus costumbres quedan relatadas en el artículo citado; cumple todavía rectificar algunas particularidades en cuanto al vestuario que se observa en el grabado: -Las mujeres componen su cabello en dos trenzas que cuelgan a ambos lados de la cara, bastantes largas; a veces se atan un pañuelo a la cabeza y ciñen su cuello con collares y con un grueso rosario, todo en varias vueltas; visten justillo y camisa bordada en la pechera, saya de paño tosco y blanqueado, lo cual es la principal industria de la tierra, y un avantal atado a la cintura y otro, en todo semejante, ciñendo las caderas y parte posterior. Además de esto las mangas, ajustadas al brazo, van pespunteadas de colores. Las casadas llevan mantilla a misa y las solteras su dengue o manto de tejido ordinario y franja encarnada. El traje del maragato se compone del sombrero de alas anchas y copa chata (y no piramidal como el de otros arrieros) con su trencilla de seda alrededor, camisola, coleto de cuero, chaleco, camisa de cuello bordado, cinto, bragas, polainas y zapatos.

Una ceremonia que puede dar una idea más clara del original carácter de esta gente, es la boda, y por eso no la omitiremos. Fácilmente supondrán los lectores que en una tierra en donde se manifiestan costumbres patriarcales a cada paso, la voluntad de los hijos es por entero nula y los padres disponen de la suerte de su prole de acuerdo a los intereses y a la edad. Raramente se oirá decir en un pueblo maragato que una doncella se arrodilló ante el altar con su futuro compañero sin llevar por escudo la bendición paterna. Mas tratemos del ceremonial y de las etiquetas requeridas en tales casos.

Llegada la época en que los padres tienen acordado que se ha de celebrar el matrimonio de sus hijos, el padre del novio y éste se encaminan a casa de la futura esposa y es pedida la mano de la doncella con todas las formalidades sin que ninguno de los contrayentes (los novios) entren en conversación; mas como tales casos ya están previamente definidos y ajustados entre las dos familias, apenas es mera fórmula este paso; en seguida, ambas partes tratan de la compra de los regalos nupciales que consisten en los vestidos de novios según el traje nacional.

Llega por fin la víspera de la boda y por la tarde se examinan de doctrina y se confiesan los novios, retirándose después a sus respectivos domicilios sin que asistan a la cena con que se regalan los padrinos esa misma noche. Al amanecer del día siguiente recorre el gaitero todo el lugar tocando la alborada y llamando al almuerzo a todos los convidados a la fiesta. Finalizada la refección y oída la misa, el padre de la novia, el padrino y los demás convidados varones se dirigen a la casa del novio precedidos de la gaita de fole y de los mozos solteros amigos del novio que van disparando, como salvas, sus carabinas y espingardas de caza. Así que entran en la casa, el novio se arrodilla, recibe con muestras de compunción la bendición paterna y después, callado y modesto en medio de la concurrencia y al lado del padrino, demanda la habitación de la doncella; las jóvenes solteras amigas de ésta se encuentran en la puerta entonando canciones alusivas a las nupcias y a los méritos de los contrayentes, algunas de las cuales tienen gracia en su sencillez natural; en el acto de salir para la iglesia le toca también a la novia, deshecha en lágrimas, recibir la bendición de sus padres. Va delante el novio y su comitiva y a larga distancia el acompañamiento femenino que conduce a la novia arrebujada en la mantilla y que no ceja en sus cantares hasta la puerta de la iglesia. Aquí los espera en el atrio el cura, se celebra el rito eclesiástico, se intercambian los anillos y se permutan las arras o regalos. Dicha la misa sale la gente por el mismo orden que entró, con la única diferencia que el novio y los suyos paran en el atrio para ver correr el bollo del padrino; esto es, una carrera a pie en la cual el mejor corredor gana el remate del bollo, repartiéndose el resto entre los circunstantes en pequeños pedazos. Siguen hacia la casa de las bodas y ya se encuentran a la desposada sentada a la puerta en una silla, ataviada con todo el esplendor que permiten sus haberes, con la madrina al lado y el rostro cubierto; el marido toma asiento en la otra silla preparada y presencian las danzas con que la mocedad del pueblo les obsequia; cesando los bailes entra todo el mundo a comer, dejando en la puerta la anterior gravedad y compostura, y dándose a la alegría que tan bien cuadra a la ocasión. A la sobremesa, toma el padrino una bandeja de plata, coloca algunas monedas y va pidiendo a los convidados, no negándose ninguno a contribuir de su peculio. La dama de la novia, la amiga que la vistió y la acompañó, pide ruecas, husos, agujas y utensilios semejantes; los testigos del novio también piden para su amigo. Se levantan luego -no así los manteles, pues la mesa queda puesta todo el día-, los convidados; entonces la novia danza con el marido y entretanto los amigos van a recorrer la población exigiendo gallinas para los recién casados; si no las dieran de grado tienen el derecho a tomarlas por la fuerza. Recógense a dormir, mas al día siguiente sigue el festín, corriéndose entonces el bollo, que da la madrina, casi en la misma forma que el día antecedente. Hay banquete y danzas hasta que dejan reposar y proseguir su vida a la nueva pareja, garantía de la continuidad de los maragatos.>>

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