Maragatos en un periódico literario portugués del s.XIX (I)

El portugués Joaquín de Montezuma de Carlvalho encontró hace años una serie de artículos dedicados a los maragatos que fueron publicados en 1837 y 1843 en el periódico literario “O Panorama”. Este periódico literario e instructivo, con apariencia de revista, era un órgano de la “Sociedad Propagadora de Conocimientos Útiles” que tenía su sede e imprenta propia en Lisboa.

 “O Panorama” empezó a editarse en mayo de de 1837. Tenía un carácter liberal y también  de divulgación de las culturas de otros pueblos. Es por ello que dedicaron en él un artículo a los maragatos en el número 22 de septiembre de 1837. Ésta publicación junto con la de 1843 tienen mucha importancia puesto que son muy pocos los intelectuales, que en esta época, dedicaron su tiempo al estudio del pueblo maragato. Y también por tener lugar en Portugal, en un momento en el ni siquiera en España, se preocupaban de sus tradiciones.

 Ambos curiosos artículos no están firmados, presumiendo que pertenecen a la iniciativa de los directores y redactores. Según Joaquín de Montezuma no sería una fantasía que se atribuyese su autoría a Alexandre Herculano (1810-1877);  (escribió muchos artículos sin firmar, unos identificados, otros no). Herculano, como historiador, conocía los secretos de la historia peninsular y los maragatos no dejan de ser un punto fascinante de esa historia.

“ATUENDOS ESPAÑOLES. LOS MARAGATOS”

“O Panorama”, nº 22, 30 septiembre de 1937, páginas 174-175.

<<Los maragatos, tribu distinta de sus vecinos en carácter, usos y costumbres, ocupan las montañas de Astorga, en Castilla la Vieja, forman sociedad aparte y miran con profundo desprecio todo lo que les es extraño. Casi todos ellos son arrieros, esto es, almocrebes, y puesto que son sinceros y dotados de reconocida probidad son graves y taciturnos y jamás cantan en los caminos cuando conducen las mulas. Más que fuertes y vigorosos son enjutos de carnes y magros de rostro. Las mujeres de esta raza son robustas y de ánimo probado.

Esta pequeña tribu ha sido blanco de muchas discusiones en España y sin embargo nada se sabe con certeza acerca de su origen cuya remota antigüedad atestigua el arraigo de sus particulares costumbres y hereditarias ocupaciones. Refiere el historiador Mariana que don Alfonso, rey de León, que reinaba a mediados del s. VIII, tuvo, de una barragana de humilde nacimiento, un bastardo por nombre Mauregato. Al morir Alfonso pasó la corona a Alfonso II, su nieto; sin embargo Mauregato, pese a su ilegítimo nacimiento, llegó a tener derecho al trono y aspiró a la herencia paterna. Hallándose al frente de un partido que consiguiera formar, como no se juzgase con suficientes fuerzas para sustentar su pretensión con las armas en la mano, recurrió a los moros y se obligó a pagarles, si le asistían en la empresa, un tributo anual de cincuenta doncellas nobles y otras tantas de baja condición. Bajo tales condiciones le envió Abderrahman, rey de Córdoba, considerables socorros.

No tenía Alfonso fuerzas que oponer al torrente de los bárbaros y por eso, desamparando la capital, fue a refugiarse en las montañas de Vizcaya, mientras Mauregato subía al trono, que ocupó cerca de seis años. Durante su reinado cedió muchas tierras y plazas a los moros que le mantenían en su posesión de usurpada soberanía.

Suponen algunos que los maragatos actuales sean los descendientes de los auxiliadores mahometanos de aquel usurpador, mas esta opinión no tiene otro fundamento que la mera semejanza de los nombres, pues no se basan en documento histórico alguno: apenas si se conservan en el traje de las mujeres, vestigios del vestido morisco. Es este traje enteramente original y no tiene mínima semejanza con los modos de vestir de los españoles, porque traen en la cabeza una especie de chapeo blanco que se parece mucho, en el color y hechura al que usan las moras. Acostumbran a teñirse los cabellos que, divididos en dos trenzas les caen a ambos lados del rostro; a adornar sus orejas con enormes aretes y a colgarse sobre el pecho rosarios de coral a manera de collares de los que penden cientos de medallas de plata e imágenes de santos. Sus vestidos son de colores oscuros, abotonados de arriba abajo y tienen mangas largas abiertas por atrás.

Los hombres usan sombreros piramidales, chaquetas ceñidas al cuerpo por medio de cinto y largas calzas atadas en las rodillas pero que llegan hasta media pierna debajo de la liga. Un collar enroscado les cubre la garganta y unas polainas de paño abotonadas completan el vestuario que es semejante a los que representan algunas medallas desconocidas de la península ibérica y de las cuales, entre otras, existe una, que dicen ser celtibérica, en la que se ve grabada la imagen de un caballero vestido exactamente como un maragato moderno. Pretenden los anticuarios que este monumento sea coetáneo del dominio cartaginés.

Viven los maragatos dispersos en aldeas, confederadas en virtud de un pacto tácito y sujetas a reglas fijas que ninguna deja de observar. Si alguno infringiese los usos y costumbres de la sociedad sería expulsado de ella. No casan sino con personas de la misma tribu y cuando una joven está prometida no puede hablar con otro mozo que no sea su novio so pena de recibir una multa que ordinariamente paga en vino. Todos los jóvenes la persiguen para hacerla caer en el lazo, obligándola, a fuerza de importunas diligencias a trabar conversación con ellos. Las mujeres, después de casadas, dejan de teñirse los cabellos y, en cuanto sus maridos se entregan a la trajinería y a correr con sus mulas por los montes de Galicia, se dan a los trabajos de agricultura y a los cuidados domésticos.

Esta tribu podría vivir en la abundancia por estar compuesta de hombres activos e industriosos, sin embargo, como parecen precisar pocas cosas, creen ser más cristianos viviendo en la pobreza. Parece que los maragatos son el tipo de aquellos arrieros despiadados con los que el famoso don quijote, en la ingeniosa ficción de Cervantes, tuvo, por sus malos pecados un funesto encuentro del que salió, según su costumbre, con las costillas molidas.

Los trajes maragatos se van modificando de día en día y, con el correr de los siglos y al contacto con otras personas, van perdiendo parte de su primitiva originalidad. El atuendo de las mujeres tiene, en particular, notables alteraciones y puede preverse el día en que, se confundirá con sus vecinos.>>

David Andrés Fernández, tamboritero de Astorga.

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