La boda maragata por Gil y Carrasco

Enrique Gil y Carrasco (1816-1845) fue un escritor berciano nacido en Villafranca. Sus obras se incluyen dentro del romanticismo español y entre las cuales destaca su novela romántica historicista “El señor de Bembibre” (1843).

Gil y Carrasco también publicó artículos de viajes y costumbres. En el año 1839, En el Semanario Pintoreco Español, publica una serie de artículos de marcado sabor regionalista y de gran valor folclórico y antropológico. Uno de los capítulos lo dedica a los maragatos y a su casamiento:

Si para fortuna nuestra y entretenimiento de nuestros curiosos lectores, hubiéramos podido dar con la obra que bajo el titulo de Orígenes de la Maragatería parece dejó escrita el erudito y la laborioso benedictino Sarmiento, grandes fueran los comentarios que pudiéramos hacer sobre la genealogía, usos y costumbres de aquel maravilloso país, cuyos habitantes son tan conocidos en la España entera, como ignorada su peculiar fisonomía. Problema difícil, en verdad, de resolver es el de un pueblo, que situado en los últimos llanos de Castilla, a la margen de dos caminos, real el uno y bastante frecuentado el otro y manteniendo animado y constante trafico con diversas provincias de la Península, ha podido sustraerse absolutamente al movimiento de la civilización y conservar integro el legado de los hábitos, creencias y organización social de sus abuelos.

Como en una obra de la clase del Semanario nadie esperará probablemente un articulo prolijo de estadística, nos contentaremos con decir que la Maragatería, enclavada en el obispado de Astorga, provincia de León, confina por el Oriente en la Balduerna, por el Mediodía con la empinada sierra de Teleno y por el Occidente con la cordillera de Fuencebadón. Sus pueblos principales son Santiago Millas, Santa Coloma, Rabanal del Camino, Santa Catalina y el Val de San Lorenzo, sin contar otros muchos de menor cuantía. El país es árido y triste en general y sus cosechas se reducen a una escasa de lino, de trigo y de centeno.

Los hombres buscan en la arriería lo que su ingrato suelo les rehúsa y durante su ausencia las mujeres corren con las faenas de la labranza. En cuanto al nombre de maragato, inciertos andan los juicios y divididas las opiniones respecto de su origen. Quien lo atribuye a Mauregato, menguado usurpador de la corona de León y quien, al revés, hace a este mismo Mauregato oriundo de Maragatería, opinión que, dicho sea de paso, nos parece la más probable, siquiera por no desairar la tradición que se conserva en Astorga de los juicios que pronunciaba Santo Toribio, anterior, si no nos engañamos, al citado usurpador, en las querellas de los maragatos.

Hasta aquí nos es lícito contentar la curiosidad de los anticuarios, sin poner de nuestro bolsillo otras mil conjeturas que el talento más pobre puede formar acerca de un país sobre cuya cuna hay ancho campo para mentir, sin riesgo de la desairados. Y ahora que hemos fijado ya el lugar de la escena y desandando en lo posible la alcurnia de nuestros maragatos, bueno será que, para darlos a conocer mas a fondo, retratemos lo mejor que se nos alcance el más notable de los actos de su vida; queremos decir, sus bodas.

En un país en que el espíritu patriarcal se echa de ver a cada paso, fácilmente supondrán nuestros lectores que la voluntad dispone su porvenir con arreglo a sus intereses y edad. Rara vez se oye decir en tierra de maragatos que una doncella ha ido a arrodillarse delante del altar con su prometido sin llevar como por escudo la bendición paternal. Este rigor de la disciplina doméstica y esta inexorable clasificación de las personas por los capitales harían infeliz un sinnúmero de gente en una sociedad más adelantada y culta; pero como las circunstancias son aquí diametralmente opuestas, todos se conforman con la práctica y nadie la menta una felicidad que no ha sonado. Pasemos ya a la descripción de la ceremonia.

Cuando llega la época en que los respectivos padres determinan casar a los mozos, el padre del prometido y éste se encaminan a casa de la futura esposa, delante de cuyo padre se hace la demanda con toda formalidad, sin que ninguno de los dos jóvenes tome parte en la conversación. Como tales asuntos son cosa decidida y acordada de antemano entre las dos familias, redúcese este paso a una mera fórmula y en seguida, por ambas partes, se procede a la compra de los respectivos presentes, cuya enumeración ofrecemos aquí por su extrañeza y novedad.

El novio regala a la novia el manto de paño negro para ir a misa, de forma rara y poco airosa, pues se conservan al paño sus esquinas y sólo hay unos escasos pliegues sobre la frente; las domas, multitud enorme de collares con rosarios y medallas, los anillos que han de servir para el desposorio; el sayuelo o justillo atado por delante con un cordón de seda, que nombran agolletas; vincos o arracadas para las orejas, fajero o faja de estambre, y mangas, una especie de ellas, sueltas y sujetas únicamente a la muñeca. La madrina, asimismo, le ofrece un pañuelo de seda de Toledo para la cabeza. Los regalos de la novia a su futuro consisten en una capa de paño negro, almilla o sayo de ídem con cordón de seda; chaleco de grana con bordados también de seda a la portezuela; bragas o calzones anchos, calzones negros (botines), cintas (ligas) de estambre fino con letrero; camisa de buen lienzo común y calzoncillos con cordón de seda.

Llega, por fin, la víspera de la boda y en su tarde se examinan de doctrina cristiana y confiesan los novios, permaneciendo encerrados en sus respectivas casas, sin concurrir a la cena que tienen los padrinos aquella noche. Al otro día, no bien despunta el alba, ya la gaita discurre por el lugar tocando la alborada y reuniendo a almorzar a los convidados a la boda. Acabado el almuerzo tocan a misa y entonces el padrino, el padre de la novia y demás convidados varones se dirigen a la casa del novio, precedidos de la gaita y de los amigos solteros del novio, llamados en tal ocasión mozos del caldo, que van haciendo salvas con sus carabinas. Luego que entran en la casa, el novio se arrodilla, recibe con manifiesta emoción la bendición de su padre, y en seguida, recogido y silencioso, en medio del concurso y al lado del padrino, se encamina a la habitación de su futura. Las solteras amigas de ésta están ya contándole a la puerta las canciones alusivas, algunas de las cuales tienen gracia por su sencillez, y cuando lega el momento de partir para la iglesia, la joven, deshecha en llanto, recibe a su vez la bendición paternal. Toma entonces el novio con su comitiva el camino de la iglesia como unos sesenta pasos delante de su prometida y ésta carnina del todo cubierta con su manto en medio de su acompañamiento femenino, que no cesa en sus cantares hasta la iglesia. El cura está ya aguardando en el vestíbulo y allí es donde se verifica la ceremonia, ajustándose los dos esposos un anillo a sus respectivos dedos y ofreciendo las acostumbradas arras. Concluida la misa, sale la gente con el mismo orden que trajo, con la diferencia de que el novio y comitiva se quedan a la puerta comiendo el bollo del padrino, a saber una especie de justa en la cual el que más corre a pie se lleva la cabeza del bollo, repartiéndose lo demás entre los circunstantes en menudísimas porciones. Dirígense, en seguida los corredores a la casa de la boda y encuentran a la desposada sentada a la puerta en una silla ataviada con todo el lujo posible en el país y muchos dulces, con la madrina al lado y cubierto el rostro: el marido se acomoda al otro lado en una segunda silla y de esta suerte presencian las danzas con que los festejan sus amigos, hasta que, acabadas éstas, entra todo el mundo a comer, dejando a la puerta la anterior solemnidad y compostura y tomando la alegría que tan bien cuadra a la ocasión. Después de la comida se ofrece, es decir, saca el padrino un platillo de plata, pone en él, por oferta, una cantidad de dinero y va dando vuelta a la mesa sin que nadie le desaire. En seguida la moza del caldo, es decir, la amiga del alma de la novia, que la acompaña y sirve durante todo aquel día, pide para los utensilios de su amiga como rueca, huso, etcétera, y los mozos del caldo hacen lo mismo para el novio.

Álzanse después, no los manteles, porque la mesa sigue puesta todo el día, sino los convidados, y ya la novia baila con su marido, mientras los mozos del caldo se echan por el lugar a recoger gallinas en casa de los convidados para obsequio de los recién casados, y si buenamente no se las dan tienen derecho para tomarlas. Llega, por fin, la hora en que los novios, aunque no sin trabajos, se encierran en la cámara nupcial, y a eso de las dos de la mañana los mozos del caldo van a servirles la gallina, o, por mejor decir, las gallinas que han recogido y los dejan reposar hasta la madrugada.

Amanece el día de la tornaboda, y los novios, después de almorzar juntos, se encaminan, sin embargo, a la iglesia con los mismos tramites que el día anterior oyen su misa y vuelven a casa festejados por una comparsa de zamarrones, especie de mojiganga que nunca falta en semejantes casos y que los aguarda a la puerta de la iglesia. Al llegar al pueblo se corre el bollo de la boda, que la madrina tiene asido en medio del baile y que los mozos de la boda defienden cuidadosamente de las acometidas de los extraños. Se come, se baila, se cena y se acaba la boda. Cuando el novio es forastero se lleva su consorte a su lugar desde la iglesia el día de la tornaboda, en medio de todos los convidados, que los acompañan en vistosa cabalgata (mular, por supuesto).

Como semejantes pormenores son los que más clara idea pueden dar de la fisonomía original y pudiéramos decir primitiva de este pueblo, nos hemos extendido más de lo que deseábamos. Concluiremos con la descripción de los trajes y unas breves consideraciones generales.

Llevan las maragatas a la cabeza un pañuelo; sartas o collar y un rosario un poco largo al cuello; sayuelo o justillo con camisa bordada por el pecho; faja, rodado, especie de brial de un paño tosco y blanquecino, principal industria del país; dos delantales de delante, que se llama mandil, y otros de detrás, que se llama facha. También llevan unas mangas de punto de colores ceñidas al brazo, por debajo de la camisa, cuyo nombre no damos aquí por no ser ya recibido. Las casadas van a misa con un manto y las solteras con su dengue o frisa de paño común con franja encarnada.

El traje del maragato se compone de sombrero de ala ancha con copa chata y cordón de seda alrededor, coleto de piel, almilla, chaleco, camisa con cuello bordado, cinto con canana, bragas, calzones (botines) y zapatos con botón.

La danza del país es un compuesto de la danza prima asturiana, fiel traslado de las danzas circulares que nos describe Homero, y de otro baile más animado ejecutado por una o dos parejas dentro del circulo o corro. Esta segunda parte altera, en cierto modo, el carácter de antigüedad de la danza circular y, apenas, descubre significación alguna.

Del rápido bosquejo que hemos trazado, fácil será deducir la regularidad y pureza de costumbres, el buen gobierno y armonía de las familias, el respeto sumo a las canas y otros mil elementos de tranquilidad y sosiego interior. Sin embargo, este pueblo que en mil cosas trae a la imaginación del poeta la tienda de los patriarcas o la cabaña del salvaje americano, a los ojos del viajero imparcial nunca aparecerá con tan deliciosas tintas. Su fisonomía peca de áspera y desabrida, las comodidades de la vida son escasísimas y están en notable desproporción con los considerables capitales que sus hijos a fuerza de laboriosidad han logrado adquirir. Las casas del pueblo son bajas, oscuras y mezquinas; las de los ricos, al contrario, son altas, espaciosas, pero sin gusto en lo muebles y sin regularidad en la distribución. Una sola cosa tiene de común: la suciedad y el desaliño.

Por lo demás, nosotros aquí, como en casi todo, preferimos el prisma del poeta al microscopio del filósofo y somos de opinión que se perdonen a los maragatos estas veniales culpas, en gracias de su proverbial honradez, de la lealtad y nunca desmentida franqueza de sus tratos y de la austeridad de sus costumbres, ultimo resto de su espíritu social compacto y uniforme, que debió de unir un día casi todos los pueblos europeos.

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