Los maragatos por Jorge Borrow

 George Borrow nació en East Dereham (Nolfolk) en 1803. Debido a su facilidad con los idiomas y a su pasión por los viajes solicita su entrada en la “Sociedad Bíblica Británica y Extranjera”. Tras conseguir su puesto, en 1835, es enviado por la Sociedad Bíblica a España  con objeto de realizar una campaña de divulgación de la Biblia, que se propone distribuir personalmente por los pueblos. A estos efectos realiza entre mayo y noviembre de 1837 un largo viaje por Castilla la Vieja, León, Galicia, Asturias y Santander. A partir de los diarios de viaje y de las cartas remitidas a la Sociedad Bíblica redactará en 1842 su famosa obra «La Biblia en España», que le llevará a la celebridad.

Uno de los capítulos de “La Biblia en España” está dedicado a su paso por tierras maragatas:

  <<Fuimos a una posada de los arrabales, la única, por cierto, que había en la ciudad. El patio estaba lleno de arrieros y carreteros que movían gran alboroto; el posadero reñía con dos de sus parroquianos, y reinaba universal confusión. Al apearme recibí en la cara el contenido de un vaso de vino; pero como el saludo iba probablemente destinado a otro, me hice el desentendido. Alcanzóle a Antonio un estacazo, y, menos paciente que yo, devolvió en el acto el saludo cruzándole la cara con el látigo a un carretero. Mientras me esforzaba por separar a los dos antagonistas, mi caballo se escapo, y rompiendo por entre la revuelta multitud, derribó a varios individuos y causó no pocos destrozos. Costó mucho tiempo restablecer la paz; por fin nos condujeron a una habitación de regular decencia. Apenas nos habíamos instalado, llegó de Madrid la galera para La Coruña llena de viajeros polvorientos: mujeres, niños, oficiales inválidos y otra gente así. En seguida nos expulsaron de nuestro cuarto y arrojaron los equipajes al patio. Como nos quejáramos de tal trato, nos dijeron que éramos dos vagabundos a quien nadie conocía, que habíamos llegado sin arriero y puesto en confusión la casa entera. Por gran favor nos permitieron, al cabo, refugiarnos en un ruinoso cuartucho pegado a la cuadra, lleno de ratas y de miseria. Había allí una cama con dosel muy antigua, y hubimos de darnos por contentos con tal miserable acomodo porque, abrasado de fiebre, yo no podía seguir adelante. El calor era insoportable. Me senté en la escalera, con la cabeza entre las manos, anhelando por falta de aire; Antonio acudió a darme de beber agua con vinagre, y me sentí aliviado.

Tres días estuvimos en aquel arrabal, y la mayor parte del tiempo permanecí tendido en la cama. Una o dos veces se me ocurrió ir a la ciudad; pero no encontré librero ni persona alguna dispuesta a encargarse de vender mis Testamentos. La gente era brutal, estúpida y grosera; me volví a la cama cansado y desanimado. Allí me estuve oyendo, de tiempo en tiempo, los armoniosos sones de la campana del reloj de la vieja catedral. El posadero ni fue a verme ni preguntó por mí. Con los cuidados de Antonio recobré las fuerzas rápidamente. «Mon maître –me dijo una tarde–. Veo que está usted mejor; vámonos mañana de esta ciudad y de esta posada, que son a cual peores. Allons, mon maitre! Il est temps de nous mettre en chemin pour Lugo et Galice

Antes de contar lo que nos ocurrió en el viaje a Lugo y Galicia, acaso no esté de más decir unas palabras respecto de Astorga y sus contornos. Astorga es una ciudad amurallada, de cinco a seis mil habitantes, con catedral y seminario, vacío actualmente. Está situada en los confines y puede ser llamada capital de una comarca denominada país de los maragatos, como de tres leguas cuadradas de extensión, que limita al Noroeste la montaña llamada Teleno, la mas elevada de una cadena nacida cerca de la desembocadura del Miño y que enlaza con el inmenso macizo divisorio de las Asturias y Guipúzcoa. La región, rocosa en su mayor parte, con ligeras salpicaduras de tierra de un color rojo ladrillo, es ingrata y árida, y paga mezquinamente los afanes del labrador. Los maragatos son quizá la casta mas singular de cuantas pueden encontrarse en la mezclada población de España. Tienen costumbres y vestido peculiares, y nunca se casan con españoles. Su nombre indica su origen, pues significa «moros godos», y hoy en día su pergenio, consistente en un coquetón muy ajustado, ceñido al talle por una faja ancha, calzones anchos hasta la rodilla, botas y polainas, difiere muy poco del de los moros de Berbería. Llevan afeitado el cráneo, y sólo se dejan un ligero cerquillo de pelo en la parte inferior. Si llevan turbante o barrete apenas se los distinguiría de los moros por el vestido; pero usan en lugar de aquél, el sombrero ancho. Es casi indudable que los maragatos son reliquias de aquellos godos que tomaron partido por los moros invasores de España y adoptaron su religión, costumbres y traje, que, con excepción de la primera, conservan aún en buena parte. Pero es también evidente que su sangre no se ha mezclado con la de los salvajes hijos del desierto, porque con dificultad se encontrarían en las montañas de Noruega tipos y rostros mas esencialmente godos que los maragatos. Son hombres de fuerza atlética; pero toscos, pesados, de facciones generalmente correctas, pero vacíos de expresión. Hablan con lentitud y lisura; rara vez o nunca, se observan en ellos los arranques de elocuencia y de imaginación tan comunes en los demás españoles; tienen además una pronunciación áspera y fuerte, y al oírles hablar creeríase escuchar a un campesino alemán o ingles que intentara expresarse en el idioma de la Península. Son de temperamento flemático, y con dificultad se encolerizan; pero son peligrosos y extremados cuando una vez se incomodan; persona que los conocía bien me dijo que prefería afrontar a diez valencianos, pueblo mal notado por su ferocidad e instintos sanguinarios, que a un solo maragato irritado, por flojo y embotado que sea en las demás ocasiones.

Los hombres apenas se ocupan en las labores del campo, abandonándoselas a las mujeres, que aran las pedregosas tierras y recogen sus menguadas cosechas. Muy diferente es la ocupación de sus maridos e hijos: constituyen un pueblo de arrieros, y considerarían casi como una desgracia emplearse en otros quehaceres. Por todos los caminos de España, y particularmente al norte de la cordillera divisoria de ambas Castillas, pasan los maragatos, en cuadrillas de cinco o seis, dormitando, o simplemente echados en el lomo de sus gigantescas y cargadísimas mulas, bajo los rayos del sol,; achicharrante. En suma: casi todo el comercio de una mitad; de España está en manos de los maragatos, cuya fidelidad es tal, que cuantos han utilizado sus servicios no vacilarían e confiarles el transporte de un tesoro desde el Cantábrico a Madrid, en la seguridad completa de que no sería culpa suya si no llegaba salvo e intacto a su destino; arrojados han de ser los ladrones que intenten arrebatar sus mercancías a los arrieros maragatos, dondequiera temidos; aferrados a ellas mientras pueden tenerse en pie, las defienden a tiros o con su propio cuerpo si caen en la pelea.

Pero aunque son los arrieros mas fieles de España, distan mucho de ser desinteresados; en general, cobran por el transporte de mercancías el doble, cuando menos, de lo que a otros del mismo oficio les parecería suficiente recompensa. De esta manera acumulan grandes sumas de dinero, a pesar de que se tratan mucho mejor de lo que en general es use entre los frugales españoles, otro argumento en favor de su pura descendencia gótica, porque los maragatos, como verdaderos hombres del Norte, son aficionados a la bebida, y se regodean en las comidas copiosas y empalagosas; así tienen esos corpachones tan rozagantes. Muchos han dejado al morir fortunas considerables, y no es raro que leguen una parte de su caudal para erigir o embellecer casas religiosas.

En el extremo oriental de la catedral de Astorga, dominando el altivo muro, hay sobre el tejado una estatua de plomo colosal: es la estatua de un arriero maragato que legó a la catedral una cantidad importante. La figura aparece vestida con el traje nacional; pero desvía el rostro de la tierra de sus padres, y como ondea en la mano una especie de bandera, parece que está animando a todos los de su raza para que abandonen aquella región estéril y busquen en otros climas un campo mas rico y vasto para su actividad y su energía.

Hable de religión con varios maragatos, que es asunto primordial; pero «su corazón estaba endurecido; sus oídos, sordos, y sus ojos, cerrados». Con uno, sobre todo, hablé mucho rato, después de mostrarle el Nuevo Testamento. Me escuchó, o pareció escucharme, con paciencia, bebiendo de vez en cuando copiosos tragos de un inmenso jarro de vino blanco que sostenía entre las rodillas. Cuando acabe de hablar me dijo: «Mañana me voy a Lugo, para donde va usted también, según tengo entendido. Si quiere usted enviar allá sus baúles, no tengo inconveniente en encargarme de ello, a tanto (y me dio un precio exorbitante). De todo lo demás que me ha dicho usted entiendo mucho poco y no creo ni una palabra; respecto de los libros que me ha enseñado usted, compraré tres o cuatro. No pienso leerlos, la verdad, pero, sin duda, los venderé a precio más alto del que usted pide por ellos>>.

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